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Crónica Black is Back Festival: Afroamerhispanismo Pt. I · 16/05/2014 (El Matadero, Madrid)

Antes de ponernos con lo estrictamente musical, me veo obligado a contextualizar el espíritu de Black is Back Festival. Muchos festivales persiguen un concepto, pero generalmente ese concepto lo acaban definiendo los artistas que van a tocar y no la organización del festival en sí mismo, quedándose en una especie de quiero y no puedo en el que se puede disfrutar de mejor o peor música según contrataciones, actuaciones, expectativas, y gustos.

Fotografías por P.delaVega.

Black is Back Festival, en mi opinión, consiguió que tanto cartel como organización siguieran una misma línea conceptual, y se conjuntaran a la perfección. ¿Cómo? Por una parte en el cartel podíamos ver a una leyenda viva del soul como es Martha Reeves, una artista que estuvo en el ojo del huracán de toda aquella época que ahora miramos con nostalgia. Martha compartía cartel con una joven promesa (entendido a nivel de industria global, su curriculum dentro de la escena negra nacional es indiscutible) como es Aurora García. Una cantante que al igual que muchos de nosotros, ha mirado y estudiado aquella época desde la perspectiva de alguien que nació muchos años después, y en un país en el que gobernaba un dictador fascista, mientras que Martha peleaba en las listas Billboard.

Aunque ya haremos hincapié en estos detalles para cerrar la crónica. ¿Cómo se puede respaldar a nivel organizativo este concepto? Fácil: entrada gratuita para menores de 12 años, y a más de la mitad de precio para menores de edad que estuvieran entre los 13 y los 18.

Black Is Back Festival 2014

¿Fácil? No será tan fácil cuando no es una práctica especialmente habitual en nuestro país, más allá de museos, catedrales, exposiciones, y otras formas de explotación turística que sí son conscientes de que las familias están formadas por miembros de intereses, percepciones, y conocimientos distintos; o de la Andalucía en la que los músicos invadían las calles. Pero sí, es fácil. Es realmente fácil cuando se tiene la voluntad y predisposición de crear cultura. Es fácil cuando echas la vista atrás, y a miles de kilómetros, para ver como distintas generaciones (abuelos, padres, e hijos) disfrutaban en jams callejeras o festivales urbanos, de la música de artistas que estaban empezando a escribir la historia de unos estilos musicales a los que finalmente se engloba bajo el concepto de “música negra”, porque las barreras entre esos estilos son tan difusas que han acabado convirtiéndose en una auténtica bacanal musical que se proyectará sin límite a lo largo del tiempo y el espacio.

Es fácil cuando observas aquellas fotos, aquellos vídeos, aquellos retratos, y piensas:

¿Por qué no aquí?.

¿Por qué no ahora?.

DÍA 1

· Setenta

Setenta

Para el momento en el que cruzamos el acceso, la música brillante de la banda parisina Setenta volaba por los recovecos de las naves de El Matadero. Parecía haber cambios en la organización, ya que Setenta estaban programados para el sábado, pero eso tampoco fue problema. La banda tocaba su versión de Smell Like Teen Spirit de los archiconocidos Nirvana, en la que la guitarra y el percusionista con los timbales aportaban el toque latino, la letra se modificaba por una versión algo más soleada que habla de mosquitos, y el sintetizador cobraba protagonismo al final de la canción cerrando con un solo. Setenta deleitó al personal con una buena sesión de música afrolatina que se paseaba desde el fonky a la salsa, y desde el jazz al boogaloh.

La lástima que gran parte del público no había llegado todavía al recinto, y que los que ya estábamos sentíamos todavía el peso de la semana a las espaldas sin haber conectado del todo con el latin groove de la banda, no por falta de méritos desde luego. Las letras sencillas, pegadizas, y con términos de varios idiomas se compaginaban a la perfección con momentos reservados para que los músicos, desde el percusionista al teclista, pudieran demostrar sus habilidades en solos, improvisaciones, o puentes. Una auténtica muestra del carácter multicultural de la capital francesa, que seguramente un par de horas más tarde, con un público algo más ebrio y animado, hubiese impactado de una forma más directa. Aparte de la versión de Nirvana, y de algunos de sus cortes más populares como Funky Tumbao (cuyo videoclip es excepcional), también tuvimos la posibilidad de escuchar una versión latina de Don’t Stop ‘Til You Get Enough de Michael Jackson.

En este primer interludio, al igual que en el resto, la espera de las colas (que a primera hora no fueron excesivas) las amenizaría Kike Watchout, que estuvo pinchando música desde el escenario que tenían preparado para el dj.

· Freedonia

Freedonia

El siguiente turno fue para Freedonia. Abrió la actuación la banda, realizando un corte instrumental a modo de presentación, mientras que el público empezaba a crecer y a llegar de la cola (muy bien organizado el festival en este sentido, tanto en comida como en bebida y baños). Al poco hizo aparición, como si de un huracán se tratara, Mayka Sitte, y con la fuerza de un huracán se mantuvo hasta que la banda abandonó el escenario. La última vez que pude disfrutar de Freedonia en directo todavía era Aurora García la cantante, y he de decir que tenía cierta expectación por ver cómo había resultado el cambio. A pesar de lo que pueda parecer dada la arrolladora personalidad de Aurora, y sin ánimo de crear discordia alguna, Mayka me parece un “recambio” perfecto.

Con una fuerza similar (por evitar usar términos inexactos como mejor o casi) a la de Aurora, Mayka llena el escenario con su presencia y complementa a la perfección la salvaje música de la banda, que todo sea dicho cada vez que la veo me da la impresión de que suenan más compactos. Dosifican muy bien los solos, las distintas secciones se comunican como si de personas se tratara, manejan a la perfección los silencios, y saben sonar tan elegantes como un picardías, y tan desenfadados como una mujer salvaje. Todas esas cualidades de la parte instrumental, las representaba a la perfección Mayka que no paro de bailar y moverse al ritmo de quién mandara, ya fuera la batería, el percusionista, los metales, o la guitarra.

El momento más nostálgico del concierto vino con la aparición de Lion Sitte, para la que la sección de metales cambió los saxos y trompetas por flautas, consiguiendo un aire espiritual y místico que permitió al público descansar por un momento. Y digo descansar, porque desde este pequeño inciso hasta el final del concierto la banda estuvo moviendo al personal sin ningún problema.

· Gizelle Smith & The Boom-Yeh

Gizelle Smith & The Bom-Yeh

La británica Gizelle Smith acompañada por la banda The Boom Yeh, serían los siguientes. Si Setenta representaban muy bien el carácter multicultural de París, Londres no lo es menos, pero en este caso Gizelle & The Boom Yeh demostraban más lo variopinto del reino británico. La elegancia del saxofonista, contrastaba con los aires punk del bajista (muy influenciado por el estilo slap a pesar de sus pintas), o con la sencillez del batería. Parecía como si cada uno fuera de su padre y de su madre, y hubieran coincidido allí por primera vez, para tocar y disfrutar de lo vital de personas haciendo música.

Esta variedad también se reflejaba en su estilo, ya que a ratos se mostraron más rockeros, otros más fonkys gracias al groove del bajista, e incluso tuvieron momento para hacer un soul oscuro que sin duda conmocionó y teletransportó a más de un miembro del público. También hubo tiempo para los solos, incluido uno de trombón que me gustó bastante, y para que Gizelle Smith demostrara que aunque a priori puede ser una cantante que pase desapercibida en el estudio, en directo la cosa cambia bastante.

Quizá fue la banda que menos movió al público, porque fueron los menos salvajes, lo cual no necesariamente ha de significar que fueran peores. Cabe destacar que la formación sustituía las labores del teclado, con dos coristas de sendos sexos que hacían el colchón musical a Gizelle. El momento más destacable para mí, fue un puente en el que Gizelle empalmó lo que parecía un cierre de canción al silenciarse la banda, con un reenganche del mismo corte con el tempo considerablemente más bajo y su voz volando incansablemente sobre la música.

· Martha Reeves & The Vandellas

Martha Reeves & The Vandellas

Llegó el que probablemente fuera el momento más esperado de la noche, con el manager de Martha Reeves saliendo a hacer una presentación muy efusiva de la nativa de Alabama. En ese momento el público sabía que estaba ante algo distinto a lo que había visto hasta ahora en el festival. No sabía si mejor, o peor, pero sentía que era distinto. Se notaba en el ambiente. Era otro escalafón en el negocio musical, ¿un manager presentando al artista? ¿aquello era EEUU? No, era Madrid, pero aquello que iba a salir al escenario era parte viva de la Historia de Motown, y por lo tanto, de la Historia del soul.

Sin prisa y con mucha clase, hicieron aparición por el escenario Martha y sus Vandellas (que actualmente no son las originales, son familiares suyas) vestidas de dorado con una rosa roja a modo de tocado en la cabeza. Cuando llegó al micro, Martha lanzó un eufórico “Do you feel the groove?”, a lo que el público respondió afirmativamente. Durante todo el concierto demostró sus tablas, especialmente en la relación con el público, que respondió a sus preguntas y juegos prácticamente en todo momento, salvo cuando el monólogo se extendía y el nivel de inglés de los asistentes empezaba a perder la pista a la relación de conceptos. Tras un par de canciones animó a los solteros a buscar una pareja para bailar, antes de cantar (creo que) It’s The Same Old Song en la que hizo la primera demostración de que, a pesar del inevitable paso del tiempo, su voz todavía podía sonar muy limpia cuando subía un par de octavas. Después dedicó unas palabras para Motown, antes de versionar I Want You Back de los Jackson 5, tal y como hiciera a principio de los ’70.

Unas canciones después Martha nos revelaría el motivo de la elección del dorado y el rojo en el atuendo. Ella y sus Vandellas habían venido a Madrid buscando un esposo que la cuidara, y creyeron que la mejor forma de hacerlo era venir vestidas con los colores la bandera española. Este gesto le resultó al público más encantador que chabacano, tal y como suele suceder cuando lo hace un extranjero que lo vende con encanto. Una muestra más del posicionamiento en un escalafón superior. El espectáculo no sólo se ceñía a lo musical, si no que se ampliaba en detalles que a pesar de marcar cierta distancia profesional (como había sucedido un rato antes con la presentación hecha por el manager) buscaban la cercanía con el público en lo humano, como cuando un momento después solicitó que enseñaran todos sus anillos de casados. Después de ello cantaría Power Of Love, uno de sus éxitos con la discográfica MCA, a la que también dedico palabras de agradecimiento. En este corte Martha me recordó lo poco que se valoran en la música actual los cambios de volumen e intensidad, especialmente en los directos (en los discos ya ni hablamos).

Martha Reeves

La muestra definitiva de que Martha está en otro nivel, y más en concreto de que nuestra industria musical está a años luz de la estadounidense (facturación y número de referencias aparte), fue que la cantante también tuvo buenas palabras para los Grammy, esos premios a los que tanto les gusta desprestigiar a los raperos españoles. El manager, el repaso a sus sellos discográficos, y ahora los Grammy… Industria. Industria seria, en la que todos los elementos se ensamblan para remar en una misma dirección, en vez de barrer para casa con envidia o egoísmo… mucho nos queda por aprender. Tras recordar la importancia que tuvo este primer (y creo que único) Grammy que recibieron, canto la canción responsable: Heat Wave, y el público siguió bailando.

Un servidor empezaba a echar de menos algún que otro solo, y justo Martha comenzó a presentar a la banda preguntándoles su nombre, y de dónde eran. Todos ellos eran europeos, la mayoría españoles, una costumbre en alza para ahorrar gastos de transporte en avión, y que en cierta parte seguramente faciliten las nuevas tecnologías al permitir ensayos con los músicos en distintas partes del mundo. Justo después, la banda empezaría a tocar Dancing In The Streets, y todos saltamos en euforia mientras temíamos que aquello llegaba al final. Nos pusimos a bailar, en la calle: algunos como indígenas en trance que bailaban un himno tribal, otros como en pleno ecuador de los años ’60, y otros como si fuera la primera vez que bailaban esta canción fuera de su casa.

La banda seguía tocando y Martha y las Vandellas abandoban el escenario, mientras el manager cogía el micrófono para pedir aplausos para ellas y recordarnos que era la gran Martha Reeves, «and theeee Vandellaaaaas«. Pero el público, obviamente, lo sabía: ¿cómo unos estadounidenses que llevan años y años en la industria musical no iban a vacilar con un bis? Martha Reeves y sus parientes volvieron a salir, mientras la banda seguía tocando y el público seguía bailando. Lo que no nos esperábamos es que el cierre consistiera en una especie de medley (para aquellos que no estén familiarizados con el término, una pieza musical que generalmente se usa como enlace) que acabó desembocando, de nuevo, en Dancing In The Street como despedida final.

CONTINUARÁ…

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