¿Rompiendo? una lanza en favor de Mac Miller

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Para el que haya estado metido en una caverna este verano, Mac Miller ha sido uno de los nombres que Kendrick Lamar soltó en Control. El de Compton, hizo su propia lista de mcs, considerados como los aspirantes al trono. Para el que haya estado metido en una caverna los últimos años, Mac es uno de los raperos más notorios de los últimos tiempos, si entendemos como tal millones de reproducciones en YouTube, colgarse el cartel de “no hay entradas” en conciertos y ocho cifras en la cuenta bancaria.

Mac Miller es uno de los artistas más pasionales que existen actualmente. Tiene una potente base de fans acérrimos, y lo más importante: levanta un sentimiento de odio exagerado entre todos aquellos que no comulgan con su forma de entender la vida y su actitud. Y generalizando, suele tener más tirón entre adolescentes, para qué negarlo.

Tras dos singles Miller lanzó K.I.D.S. (Rostrum Records, 2010), una mixtape de corte naïve, despreocupada, en consonancia con el aura que rodea a este mc. Cuenta con una serie de temas que podríamos calificar como dignos. Además, es un trabajo casi unipersonal, con una sola colaboración. Sin embargo, pese a tener ciertos atributos, nada podría explicar el éxito a nivel viral que consiguió, logrando reventar los registros habituales en DatPiff.

Este éxito se puede explicar, en buena medida, al componente empático y psicológico. Mac Miller engancha con todos esos críos y no tan críos, de clase acomodada, que quizás podríamos englobar bajo el paraguas del término “hypebeast”. Una generación que busca la diferenciación, pero superficial. El rap es un contexto, una excusa, como lo puede ser Instagram o las marcas de moda urbana. Una forma de buscar satisfacción personal, la aprobación social y, en el fondo, una razón para quedar con sus amigos, beber latas de Four Loko y esperar mientras empiezan las clases en la uni.

Esto tiene una parte positiva: tus oyentes son los que tienen el poder económico suficiente para financiar tu estatus de artista. Pero una contrapartida: tus detractores son los que podríamos denominar oyentes hardcore. Seguramente el público más maduro, te odiará.

La materialización de este hecho tuvo lugar con su primer álbum. “Blue Slide Park” (Rostrum Records, 2011) convirtió a Mac Miller en uno de los raperos mejor pagados, con unos números de ventas realmente buenos, y también le valió el ticket para irse en un exhaustivo tour por toda América (que a punto estuvo de costarle la salud, todo sea dicho). Pero la recepción crítica fue, como poco, gélida. Pitchfork, por ejemplo, le dio un 1 sobre 10, en una decisión que hasta algunos blogs recogieron como noticia.

Es decir, tenemos un artista que continúa haciendo dinero y dando conciertos, pero a su vez sacando material que sigue dándole razones a sus haters para odiarle todavía más.

Tras una crisis personal y como ya dijimos, hasta física (cuentan que los palos que le llovieron le dejaron realmente tocado), Mac Miller decidió hacer las maletas y mudarse de su Pittsburgh natal a Los Ángeles. Allí ha establecido su hogar y, lo más importante, su estudio. Curiosamente, tras esta mudanza, ha ido afianzando sus relaciones con artistas locales. ¿El resultado? Actualmente cuenta por amigos y socios musicales a nombres como Earl, Vince Staples o miembros de TDE como SchoolBoyQ o Ab-Soul. Muchos de ellos ahora incluso graban sus trabajos en su estudio.

El resultado de todo este proceso ha sido su último trabajo editado comercialmente: “Watching movies with the sound off “(Rostrum Records, 2013). Pese a que para los que odian con toda su alma a Mac Miller, este LP les ha pasado desapercibido, nos atrevemos a definirlo –y abrimos paraguas- como un buen disco. Y es que cuanto más se afianza su relación con determinados nombres, más sentido parece tomar su carrera.

Tras una serie de obras en las que, mejores o peores, todos los temas tenían un cierto tufillo a intentos de hits youtuberos, “Watching…” tiene un aire mucho más madurado y pensado, conservando todavía ese aire gamberro (que puede llegar a ser inaguantable) que siempre nos llega a la nariz cuando escuchamos algo de Mac Miller, pero a su vez es más serio. En resumidas cuentas: se podría escuchar sin que tus amigos raperos te insulten en redes sociales.

Este cambio la percepción de Mac Miller está sustentada, esencialmente, en el aspecto musical. Sus nuevas amistades artísticas (especialmente la nueva ola angelina, y con mención destacada a las barras de SchoolBoyQ en su colaboración) han ayudado a mejorar su aura. En el ámbito de las producciones también ha dado un paso adelante, dejándose de samples facilones y contando con la presencia de nombres como The Alchemist o Chuck Inglish. Además, el todo, el conjunto, es mucho más sólido que todas las referencias anteriores.

Es destacable además las positivas sinergias que goza con, por citar un ejemplo, Vince Staples. Muchos de los beats de este mc están firmados por Mac Miller bajo uno de sus sobrenombres: Larry Fisherman. “Stolen Youth EP”, un proyecto colaborativo entre ambos es la prueba de ellos. Lanzado este verano, con producciones de Miller y rapeos Staples, se ha convertido en una de las mixtapes de los últimos meses, aunque muy infravalorada.

En definitiva y a grandes rasgos, su personalidad sigue siendo la misma. Sigue siendo el niño odioso blanco del rap, con unas pintas que rozan lo estrafalario, sigue protagonizando un reallity en MTV y por supuesto sigue teniendo unos tatuajes absurdos y una actitud que incita a que te caiga mal, sin saber muy bien la razón. Pero Mac Miller está madurando y sus últimos trabajos son prueba de ello. Los medios ya no le atizan como antes y sus nuevos amigos, molan. Sí, para muchos, todavía corny. Para otros, alguien a quien ya tener en cuenta en el panorama.