Probar mil cosas, no disfrutar ninguna

Texto inspirado por las reflexiones musicales diarias de Lady R.

Supongamos el caso de que estás sentado en la mesa de un restaurante ojeando la carta. Te comerías el 80% de los platos que aparecen. Harías lo que se llama un Action Bronsonwe eat the lamb, duck, goose, beef or chicken-, pero decides tomar tres. Degustar. Al fin y al cabo si la naturaleza quiere la vida seguirá su curso mañana, pasado, incluso al siguiente, y tendrás ocasión de probar esa gran variedad de sensaciones que no conoces. Eliges una ensalada de primero, así combates este calor agobiante con algo fresquito, y de paso desengrasas (Operación Bikini mode on). El tomate está riquísimo, tiene un tono algo apagado pero tiene jugo, y al contrario que el del supermercado de la esquina, tiene sabor. No es plástico rojo como con los que jugaba tu hermana cuando erais pequeños. La lechuga está fresca y la cebolla cortada en juliana, como a ti te gusta, para que al final no se quede flotando en el aceite. Le han añadido atún fresco y pimientos rojos. Tú nunca habías probado la ensalada así, pero tiene pinta de que ya tienes nuevo plato para sorprender a futuros  invitados a tu mesa nada más empezar la comida. El aliño ha sido a tu gusto ya que te han traído una aceitera con distintos vinagres y aceites, así que no tienes queja. De segundo pides algo ligerito, merluza en salsa verde, aun a riesgo de parecer un cuarentón californiano con problemas estomacales que aparcó los discos de aquellos Negros Con Actitud para relajarse con Fat Lip y compañía en “Labcabincalifornia” (1995 – Delicious Vinyl) –And now that I’m older, stress weighs on my shoulders.  El tenedor de pescado no te hace falta, el simple roce del cuchillo separa los lomos de la merluza. Está increíble, qué textura, PERO (porque siempre hay algún pero en el mundo de la gastronomía) la salsa tiene grumos. El encargado de hacerla tenía prisa y no esperó a que ligara bien la harina con el aceite y el perejil. Vamos, que aunque la merluza está increíble no pide pan, se podría decir que la salsa, por zonas, parece pan verduzco. No era Rae.

Es importante no llenar la tripa, porque lo realmente importante para ti viene ahora. El camarero retira tu copa vacía que hace diez minutos estaba a medio llenar de albariño de las Rías Baixas. Inmediatamente después, abre la botella de Rioja (reserva) ante la recelosa mirada de aquellos que se giran tras escuchar el sonido del tapón al descorchar. No hay nada como un buen tinto para acompañar un chuletón de buey, y su correspondiente guarnición de patatas a lo pobre con pimientos de Padrón. Cómo sangra. Cómo sabe. Está más cerca del punto que del poco hecho, pero aun así se deshace en la boca cuando lo muerdes. Las patatas son manteca, se desmenuzan con enseñarlas el tenedor, se nota que han estado varias horas en el horno, empapándose bien para que no quedaran resecas. Se nota que están hechas con amor, que hay dedicación detrás. De la misma manera, se nota que los pimientos de Padrón –unos pican y otros no– dejaron de ser pimientos de Padrón tras esta conspiración por comer suave, vigilar la flora intestinal, mantener un aliento impecable, etc. Recuerdo mediados de los ’90, cenas familiares con la bandeja repleta de pimientos porque hasta los más valientes habían dado por perdida la batalla ante lo duro. Exactamente lo mismo pasa con las patatas bravas, el siglo XXI las ha convertido en patatas con tomate frito, o patatas con salsa barbacoa, o patatas con ketchup naranja, pero ya no hay patatas bravas. Ahora todo el picante es aparente, Lil Wayne pareciendo un tipo duro con bling pero vestido de leopardo y pintas de teenager. Es esa clase de dureza, ya no hay picante de verdad salvo en programas de la TV dónde hay retos o se ha reinterpretado como comentarios oscenos de tertulianos y presentadores paletos. Ya no hay camuflaje, ya no hay horrorcore con clase. Es todo light. El comedimiento y la banal formalidad de la era de las tecnologías y lo transgénico ha conseguido acabar con el sufrido placer de disfrutar de un buen picante. Si estuviera aquí mi abuelo de Compton para ver esto…

El camarero retira el plato –¿Ha acabado con los pimientos señor?– pregunta educadamente, mientras tú piensas en que los empezaste con la esperanza de que alguno picara, pero que lo de “Padrón” debe ser una cuestión de marketing. No tomas postre, el postre no es para ti. A ti te gusta el picante, como tipo de alma dura (y estómago delicado) que eres. Y el café solo, largo. Café solo, largo, sin azúcar y sin crema como las mujeres a Heavy D, y si es con un chorrito de Veterano o Magno mejor que mejor. Original rudeboy. Pagas, y te vas a casa pensando en el joint que te vas a fumar para digerir esta comida. Y piensas… ¿Critical Bilbo, Cinderella, Purple Haze…? No vale cualquiera, hay que elegir algo que sea el broche perfecto para esta comida.

Ahora supón que pides el 80% de platos de la carta que querías probar. Imagina la mesa en la que has comido, 20 veces más grande, repleta de platos. Imagínate tu solo ante la comida de todas las portadas habidas y por haber de Meyhem Lauren. ¡Qué pinta las fabes! ¡Cómo están los boquerones en vinagre! Que lata tanto marisco para pelar. De las cinco ensaladas… Te quedas con la última que has probado, no sabes de que es la salsa pero está riquísima (no hay aceitera en la mesa). El bacalao increíble, y el solomillo también aunque cuando has llegado ya estaba frío y a la crema de cabrales se le empezaba a formar una costra sólida encima. Qué más da, te encanta el cabrales. Tu boca empieza a parecer la etiqueta de un potito del cantidad de sabores que tienes dentro, y con los restos que hay entre cada diente podrías configurar un menú del día con cuatro primeros y cuatros segundos para elegir. No recuerdas ya si el solomillo estaba en su punto o no, aunque ni siquiera pudiste comprobarlo a ciencia cierta porque estaba frío y rápidamente saltaste a probar el cordero que todavía estaba humeante, aunque por dentro estaba frío, llegaste tarde. No importa, sigues probando porciones de platos mientras te hinchas a cerveza como si compitieras rollo MF Doom. Tu tripa se llena. La mesa empieza a parecer el contenedor de la puerta de atrás de un restaurante de lujo en la Moraleja. No recuerdas ya el sabor, el olor, el punto, el color, ni la textura de nada. Probar, al fin y al cabo, si la naturaleza quiere la vida seguirá su curso mañana, pasado, incluso al siguiente, y tendrás ocasión de degustar esa gran variedad de sensaciones que no conoces.

Sustituye la comida por la música, ¿qué tipo de comensal eres?

Nosotros, de estos…

“Got some soul on blast in the cassete, food for my brain, I haven’t stopped learning yet”