¿Por qué los jamaicanos corren tan rápido? Parte 2: Vinieron del espacio exterior

Los nueve Skatalites originales. Fila de arriba: Tommy McCook, Roland Alphonso, Lester Sterling y Don Drummond (trombón). Fila de abajo: Lloyd Knibb y Jackie Mittoo comparten imagen, Johnny Moore, Jah Jerry y Lloyd Brevett.

Los nueve Skatalites originales. Fila de arriba: Tommy McCook, Roland Alphonso, Lester Sterling y Don Drummond (trombón). Fila de abajo: Lloyd Knibb y Jackie Mittoo comparten imagen, Johnny Moore, Jah Jerry y Lloyd Brevett.

 

Texto por Lutxo.

Skatellites of love

“La mayoría de lo que pasa por comentario informado sobre ska, rocksteady y reggae está cargado de errores. Por lo menos hay tres lados de cada historia, y con los Skatalites hay nueve lados”.

Brian Keyo, historiador de la música jamaicana

 

Los Skatalites originales fueron nueve hombres tan extraordinarios que el comienzo de su relato no debería requerir de leyendas de dudosa procedencia ni artificios estilísticos para enganchar al lector. Más bien, la lista de aquellos nombres que formaron la banda de ska más grande de todos los tiempos. Empezando por el director de orquesta Tommy McCook, músico natural de Cuba, hombre de jazz, flautista y saxo tenor. A quien le seguiría Roland Alphonso, otro excelente saxofonista tenor que también compartía la procedencia cubana de McCook y, sobra decirlo, una evidente rivalidad. Johnny “Dizzy” Moore era el trompetista y su apodo provenía -casi seguramente- del mítico Gillespie, maestro que recordarán con dos bolas de billar incrustadas debajo de cada mejilla. Formaban el corazón rítmico del conjunto los tocayos y amigos Lloyd Knibb y Lloyd Brevett -batería y bajo respectivamente-. El pirata Jerome “Jah Jerry” Haines empuñaba la guitarra y el genio adolescente Jackie Mittoo paseaba sus dedos por las teclas blancas y negras del piano. Cerraban la lista Lester “Ska” Sterling, saxo alto y único superviviente de aquella formación, y Don Drummond, trombonista virtuoso y genio maldito.

La historia de este conjunto, que resume por sí sola las influencias, sonido e importancia del ritmo ska (y una gran parte de lo que vendría después), podría tener muchas escenas míticas como punto de partida. Sin embargo, el historiador norteamericano Brian Keyo (quien prepara, desde hace años, el libro definitivo sobre este grupo) recuerda que aventurarse a narrar lo que entonces ocurrió, la realidad corre el riesgo de ser confundida con leyenda. Narraciones tan abrumadoras como ésta -que se pueden transcribir, pero no comprender del todo-, pueden convertirse fácilmente en hagiografía de la buena. Por eso, la más o menos aséptica lista de músicos debería bastar para dejar al lector con la boca abierta. Para que nos entendamos, en la Jamaica de los años 60, esta comunión de músicos sería comparable a la cuadrilla de maravillosos humoristas que formaron Monty Pyton, al centro del campo del Barça de Guardiola o a todo el Dream Team de Jordan, Magic Johnson, Larry Bird y compañía. La discografía que han dejado estos nueve hombres, en conjunto o por separado, es tan vasta y esconde tantas horas de conocimiento y placer melómano que este texto no puede ser más que un acercamiento superficial al verdadero legado de aquel grupo seminal y sus múltiples y frondosas ramificaciones.

Una vez mencionados los protagonistas de esta nueva y sufrida entrega de jamaicanos veloces como naves Apollo camino de la Luna, volvamos al momento en que lo habíamos dejado. Jamaica llegaba a los 60. El jazz, el R&B y el soul sonaban en las fiestas y en la radio. Los propietarios de los sound systems se ponían a grabar sus propias canciones y la calle estaba llena de músicos hambrientos, en sentido real y figurado. La independencia del Imperio Británico se firmaba en 1962 y la banda sonora de aquella gran fiesta la iba a poner el recién estrenado ritmo del ska, festivo y furioso género sincopado que mezcló influencias americanas y caribeñas. Primera música nacional jamaicana cuyo críptico nombre confirma que, en la cosa jamaiquina, siempre hay más de una versión de la misma historia.

 

Portada original del LP ‘Jazz Jamaica From The Workshop’, que incluye una fotografía de la sesión que alumbró el álbum.

Portada original del LP ‘Jazz Jamaica From The Workshop’, que incluye una fotografía de la sesión que alumbró el álbum.

 

Jazz Jamaican’s No. 1 Workshop

“En Jamaica, el gran movimiento del jazz comenzó en 1954 cuando la primera gran tanda de Jazz Concert se presentó en el Ward Theatre de Kingston. Nuestros jazz men (sic) de aquella época eran jóvenes y entusiastas, pero inquietos.  Así que muchos dejaron la isla poco después para buscar fortuna en otras islas. Perdimos nuestros mejores hombres en las figuras de Joe Harriot, Harold McNair, Wilton Gynair, Dizzy Reece, Sonny Grey y Noel Gillespie entre otros. Pero una nueva cosecha estaba en proceso y ahora, menos de diez años después, Jamaica tiene la suerte de descubrir entre su niebla no solo a un grupo de jazz men, sino músicos con la habilidad de componer y arreglar.”

Sonny Bradshaw, veterano trompetista jamaicano, en las notas del LP ‘Jazz Jamaica From The Workshop’

 

No deja de ser significativo que Coxsone Dodd, aquel melómano de sonrisa perenne y gorra de jazzman, fuera el promotor de “I Cover The Waterfront” y “Jazz Jamaica From The Workshop”, dos álbumes tan singulares como descriptivos de la escena jamaicana de instrumentistas de principios de los 60. Con la industria discográfica del lugar todavía por inventarse, la segunda generación de jazzmen de la colonia antillana se había curtido en el circuito turístico de los hoteles y los clubes del Kingston Uptown -el de la gente bien y los gustos refinados-. Un caldo de cultivo del que Dodd seleccionó los intérpretes más distinguidos. Para el primero de los dos elepés mencionados (publicado en 1962), el propietario del sound system Down Beat había conjuntado un quinteto liderado por el pianista Cecil Lloyd, un graduado de la Julliard School Of Music de Nueva York que ese mismo año había debutado en el Carnegie Hall y publicado el LP “A Night In Jamaica”. Formaban parte de sus acompañantes Roland Alphonso y Don Drummond, dos de los hombres llamados a convertirse en piezas claves del engranaje skatalite.

“Jazz Jamaica From The Workshop”, grabado en los estudios Federal de Kingston, fue una propuesta más ambiciosa que su antecesor. Contaba con una banda mayor, composiciones propias y abanderaba el orgullo nacionalista en que la isla estaba inmersa tras la consecución de su independencia. Para la ejecución de este disco, a los sobresalientes Cecil Lloyd, Roland Alphonso y Don Drummond se sumaron los nombres del saxofonista Tommy McCook y el guitarrista Ernest Ranglin, dos de los intérpretes más excelentes a lo largo y ancho de todo el mar Caribe. Estos últimos tres músicos mencionados, por cierto, compartían la marca educativa de Alpha Boys School, institución académica dirigida por un grupo de monjas católicas que rescataba a jóvenes problemáticos de los cargados ambientes del gueto. Un lugar jodido para ser niño (como cualquier reformatorio al uso), donde uno podía salir con un oficio aprendido, ya fuera saxofonista o zapatero. Gracias a la entrañable Sister Ignatius, directora del centro, el programa musical de aquella escuela no se ceñía a los estilos clásicos -exploraba referentes populares y cercanos como el mambo, el calypso y el cha cha cha- y fue tan potente que moldeó la que puede considerarse una de las generaciones de músicos de jazz más brillantes del siglo pasado.

 

 

Alpha nutrió de músicos la escena local y, sin exagerar demasiado, las de islas vecinas y países no tan lejanos. Algunos como Tommy McCook, que era ligeramente mayor que el resto de aquellos músicos y tenido como una especie de figura paterna en la familia skatalite, ya había probado las mieles de la vida nómada del jazzman. McCook salió de la isla en 1954 para unas actuaciones en Las Bahamas y tardó ocho años en volver. En aquel mundo de mediados del siglo XX, en el que las aventuras vitales transcurrían a un ritmo más azaroso e intenso, McCook  se curtió en la escena local de Nassau y, de paso, emprendió algún viaje trascendental, como el que le llevó a Miami, donde conoció la música de John Coltrane. Aunque, insistiendo en la ubicación temporal, me gustaría quedarme con todas las cosas que pudieron pasar por los ojos del jazzman durante aquellos años en el exilio de la carretera. Nacido en Cuba, crecido en Jamaica y residente en las Bahamas. Un jazzman apátrida. O, mejor dicho, simplemente eso: hombre del jazz, tan aventurero como el resto de maestros del género.

Por eso, tampoco era tan reseñable que, en las notas del álbum, el pionero Sonny Bradshaw terminara su discurso con la frase, “este LP se ha grabado especialmente por la independencia de Jamaica”, impresa en vehementes letras mayúsculas. “Jazz Jamaica From The Workshop” reunió unos cuantos genios, y cuenta con la deliciosa The Answer -composición de Tommy McCook- y con las bonitas Serenade In Round y Mr. Propman, ambas de Drummond. Es un disco caribeño y orgulloso -como prueba su sonido, el aire cubano de la trompeta en su versión de Never On A Sunday y la inaugural Calypso Jazz-. Recrea por momentos la atmósfera de club, gafas de sol y ambientes tenues del cool, pero cuenta con luz y descaro propios. Al fin y al cabo, para estos músicos de jazz, Nueva Orleans ya era el norte. Dicho todo esto, estamos ante un disco muy disfrutable, pero tampoco una obra maestra. Más bien, el capricho de un aficionado del jazz, Coxsone Dodd. Un visionario indiscutible al que, además de por otro montón de cosas, le deberíamos estar muy agradecidos por esta oportunidad de escuchar un pedacito de historia de la música negra contemporánea con esa crudeza y pureza argumental que otorga el ritmo originario de Storyville.

Afro McCook enseña sus armas.

Afro McCook enseña sus armas.

Sin embargo, ya decíamos que esta es una historia disfrazada de orgullo nacional, pero apátrida en el corazón. Cuando varios conjuntos de jazzman locales que tocaban con asiduidad en el circuito de Kingston decidieron formar una gran banda de ska, Tommy McCook rechazó sendas ofertas de Coxsone Dodd y Lloyd Knibbs para ser jefe de la misma. Tommy se consideraba un jazzman, ya lo hemos dicho, y aquellos nuevos ritmos sincopados que interpretaban los músicos locales no le interesaban para nada. Aun así, tipos como McCook son orgullosos, pero no sordos. Fue la canción Schooling The Duke la que, por fortuna, cambió la opinión de aquel agitador barbudo con apellido de clan escocés. “Estaba pegando fuerte en las ondas, así que la escuché. Johnny Moore estaba en la canción, el joven Ganair también estaba y Don Drummond. Bueno, la escuché y me gustó lo que había oído, ¿sabes? Dizzy estaba soplando un fantástico solo jazzy en la canción. Don como solía, también como un jazzman. Ahí es cuando me involucré”.

McCook quizá había vuelto a Jamaica para tocar, componer y registrar jazz. Pero también quería participar en canciones vibrantes y espléndidas como esa. Piezas exquisitas que compartían elementos de la jerga musical que consideraba propia, pero que contaban con otra sensibilidad. Jazz y ska, al fin y al cabo, provenían de guetos no tan distantes. Tommy escuchó Schooling The Duke y puede que lo supiera en aquel mismo instante. A este hombre del jazz, las no tan polvorientas rutas de las islas que se encontraban al sur de los bayous del río Mississipi le había encomendado otra tarea musical y vital tan excitante como la que habían acometido todos sus ídolos.

 

Ska-r Wars

“Varios nombres fueron propuestos y criticados, tales como The All Stars, hasta que yo sugerí The Orbits, y alguien dijo Itallites. Entonces Lloyd Knibb dijo ‘no, Satellites’, y Tommy dijo ‘no, nosotros tocamos Ska, Skatalites’. Y así fue”.

 

Lord Tanamo, presente en la primera reunión de la banda, celebrada en el Odeon Cinema Theatre

Si la velocidad es el leit motiv de este coleccionable, pocas anécdotas ilustran mejor lo frenético de este relato que el primer ensayo oficial de la banda, ya bautizada como The Skatalites (nombre muy en sintonía con los tiempos de admiración por la carrera espacial entre americanos y soviéticos que por entonces vivía todo el planeta Tierra).

Reunidos los nueve músicos en el “Hit Hat Club” -ubicado en la kingstoniana Water Lane- un día de abril de 1964, uno se imagina aquella escena como una toma de contacto magistral entre genios. Como un momento íntimo que ya solo atesora el recuerdo -tal vez vívido, pero probablemente borroso- del único de sus supervivientes. Una ocasión única para reivindicar el placer de ser músico y empezar una nueva aventura con una cuadrilla de colegas excelentes. Pero nada tuvo que ver. La reunión de estrellas causó tanta expectación que el dueño de la sala –Orville ‘Billy’ Farnum-, más listo que el hambre, comenzó a cobrar entrada a la gente que se agolpaba en la entrada y, como por arte de magia, el primer ensayo de los Skatalites se convirtió en su primera actuación en directo. También, en su primera fuente de problemas internos. Según Lloyd Knibb, el guitarrista Jah Jerry acabó tan descontento con el show que no volvió a participar en directos.

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Realidad o ficción (parece ser que estamos ante hechos suficientemente documentados), la historieta de aquel debut inesperado también nos sirve para ilustrar tanto la picaresca de los empresarios del espectáculo jamaicanos como la volátil tierra de las oportunidades que fue la Jamaica musical de los 60. En este contexto, los Skatalites llevaron una frenética vida de grabaciones -que repasaremos más adelante- y actuaciones en directo. Activos representantes del Kingston ska, la banda pisó los escenarios de salas como el Bournemouth Beach Club del oeste de la capital, donde tocaban miércoles, viernes y sábados; el Orange Bown, con actuaciones todos los domingos; y otros escenarios como el Odeon Theatre, La Parisienne, el Yatcht Club, El Wicky Wacky, The Silver Slipper, el Club Havana… En su mayoría, nombres extraídos del trabajo documental del historiador Brian Keyo, que en el siguiente párrafo nos explica el trajín escénico que implicaba una actuación de semejante conjunto de astros.

“La banda presentaba los principales solistas y cantantes, y se animaba la participación de la audiencia ‘despegando’ al grupo al principio de cada actuación. Lord Tanamo comenzó haciendo la cuenta atrás y Jackie Opel lo acabó convirtiendo en una tradición. En ciertas salas, como el teatro Odeon, se proyectaba un satélite moviéndose a través del espacio en una pared detrás de la banda. Sus bufonadas incluían a Johnny Moore dando vueltas a su trompeta y Brevett girando su contrabajo durante las pausas entre canciones. Les acompañaban bailarines como Pam Pam Gifford, Glory, Jabba, Persian the Cat y una reina de la rumba llamada Madame Pussycat, que labró su fama a base de abrirse de piernas durante las actuaciones de los Skatalites”.

 

Sobra decir que, pese a la apretada agenda capitalina del conjunto, toda la isla fue partícipe de aquella locura de fechas y puesta en escena. Con el país sumido en las celebraciones de la independencia, la banda protagonizó bolos memorables fuera del ajetreo (y postureo) de la capital. Son especialmente recordados algunos que tuvieron lugar en el Club Calypso de Falmouth. Especialmente, si tenemos en cuenta que, durante uno de ellos, una enfermera bailó literalmente hasta morir. “Dance herself to death”, que leí en alguna parte. Un veterano y simpatiquísimo Lloyd Brevett narraba de esta forma la escena: “Una noche que tocábamos en un local abarrotado de gente vi que venía una mujer y se ponía a bailar ska. Yo estaba observando cómo bailaba aquella mujer y se calló redonda. Cuando terminamos de tocar supimos que había muerto. La sacamos de allí. El ska la había hecho caerse muerta (se ríe). Un asunto muy grave. (…) Sí tío, el ska, The Skatalites, detuvieron los latidos de su corazón”.

En este contexto de efervescencia social y desmadre colectivo, la banda de Tommy McCook no era, ni mucho menos, el único conjunto susceptible de provocar infartos. Los muy populares Byron Lee & The Dragonaires podían considerarse rivales directos de los Skatalites. Además de otros grupos como Lynn Taitt & The Comets y The Mighty Vikings, célebres por sus directos y cuya música solo han llegado a nuestros días a través de un puñado de grabaciones. La abrasiva Rumpelstillskin, firmada por estos últimos, nos da una idea de las salvajes jaranas que montaba esta última populosa big band antillana (en la foto de más abajo contarán hasta 15 músicos).

En la España franquista los hubieran llamado “Los Poderosos Vikingos”. No deberían extrañar los miembros asiáticos de la banda. Descendientes de chinos desempeñaron un papel crucial en el desarrollo de la música jamaicana.

En la España franquista los hubieran llamado “Los Poderosos Vikingos”. No deberían extrañar los miembros asiáticos de la banda. Descendientes de chinos desempeñaron un papel crucial en el desarrollo de la música jamaicana.

Entre las bandas mencionadas, los Skatalites no era necesariamente la más popular (una encuesta de la época la situaba en un discreto cuarto puesto, tras los Dragones y los Vikingos) ni mucho menos contaba con el favoritismo de las autoridades. La procedencia del gueto y la abierta fe rastafari de varios de sus miembros los convertía en tipos díscolos, descastados, fumadores de ganja y bebedores de “roots” (mezcla de licor, cogollos de marihuana y algas marinas). El ingeniero australiano Graham Goodall, pieza clave en el desarrollo del sonido de estudio jamaiquino, aseguraba que el consumo de estas sustancias hacía que grabar con ellos fuera una “experiencia curiosa”. La hierba, ese gran cliché que la música jamaicana arrastrará por los siglos de los siglos, solo protagonizó una canción -que yo sepa- en toda la era ska, Collie Bud, instrumental de los Skatalites, por supuesto.

Pero la religión no solo aportó la yerba. Los inquietos Skatalites también bebieron de lo más profundo del pozo musical rastafari. Si el jazz americano, el R&B sureño y la preciosa variedad de músicas vecinas determinaron el papel de los vientos de la banda; la sección rítmica contó con notables influencias africanas transmitidas por los tambores rastas. El campamento rastafari de Back-A-Wall, ubicado en el Oeste de la capital, acogía a la gente burru, cuyos eternos redobles se imprimieron en el vinilo de piezas como las dondrummonianas Down Beat Alley y Addis Ababa, rastafari desde el título. Lloyd Knibbs tomó buena nota de aquellas nociones y recordó en numerosas ocasiones que su peculiarísimo estilo bebía directamente de los ritmos que había mamado en las tardes y las noches que pasó en ese campamento. O, tal vez, en aquel otro que estaba asentado en la colina de Wareikah, la zona verde que rodea el este de la capital, comandado por el genial Count Ossie.

 

En aquel fundacional abril del año 1964, una nutrida expedición de músicos jamaicanos partió rumbo a la Exposición Universal de Nueva York con el objetivo de mostrar las bondades del ska al continente. Entre la tripulación se encontraban Byron Lee & The Dragonaires (los preferidos de las élites), Prince Buster y otras figuras del ritmo ska. Pese a que casi todos los muchachos de Tommy McCook gozaban de sobrada reputación, ninguno fue considerado para representar a Jamaica en aquel evento planetario. Mientras otros dabas conciertos multitudinarios en Time Square, los Skatalites se quedaron en casa. Fumando la ganja de Wareikah e imprimiendo una de las series de vinilos más monumentales que ha parido la música de los últimos cien años.

Más misiles orbitales, después de un intermedio-ficción.

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First Time in Wareika (Interludio Ficción)

 “El campamento de Ossie descarga música y cultura: los vientos, cascabeles, flautas, instrumentos de cuerdas y voces negras llenas de alma uniéndose, cantando por la paz. Los tambores rastas suenan en cualquier sitio en que los rastaman se encuentran. Pero era más dinámico donde Ossie por todos aquellos instrumentistas que había allí”. 

Sam Clayton, jefe de oración del campamento rasta de Wareikah

“Don (Drummond) era mi profesor en el colegio. Vivíamos a unas tres calles de distancia. (…)  Éramos amigos de Alpha, porque él era famoso y estaba siempre trabajando, sabes. Y quería encontrarle, así que le encontré en Wareika Hill y decidí quedarme con él. Los dos procedíamos de Allman Town, vivíamos con nuestras madres y no le veía durante el día. Le pregunté dónde iba, y me dijo que siempre subía a Wareikah Hill.”

Rico Rodríguez, Trombonista

Coxsone no pudo evitar que la ironía lo distrajese cuando su coche pasó junto al Hospital Bellevue, camino de Wareikah Hills. Al fin y al cabo, Don Drummond le había dado la pista de aquel lugar al que se dirigía. Tras muchas mañanas de búsqueda infructuosa del trombonista por Allman Town -su barrio- había preguntado a unos chavales, “¿dónde se ha metido Don? ¿Han vuelto a meter a ese chalado al manicominio?”. El más echado para adelante de la pareja de críos, que habían reconocido inmediatamente al capo de Down Beat, informó del paradero del músico con la voz algo temblorosa, pero decidida. Como si fueran conscientes de que, en aquel mismo instante, estaba tejiendo una importantísima vía que atravesaría una de las raíces del frondoso árbol musical jamaiquino. “Don no está en Bellevue, señor. A estas horas, siempre está camino de Wareikah Hills, señor. Se reúne con todos los músicos. Tocan música durante todo el día, señor”.

Y allí se dirigía Coxsone aquella tarde. Muy lejos de su feudo. Al otro lado del mundo, prácticamente. Aunque ningún sitio era demasiado distante para él cuando del negocio musical se trataba. Coxsone aparcó su coche en Norman Garden, miró hacia la colina y se dispuso a subir sin prisa, pero sin pausa. Por fin, se sintió algo cansado y reparó en sus zapatos, que se habían llenado de barro. Aquella tarde había llovido y todavía pesaba en el ambiente la humedad y un intenso olor a ozono. Sus zapatos estaban llenos de mierda y eran prácticamente nuevos, y le habían costado cinco libras, y Coxsone era un hombre presumido y algo pesetero. Vestía elegantes pantalones y camisas que le sentaban tan bien que parecían tejidas a medida. Además de gorros molones y su perenne sonrisa de embaucador. Coxsone se quitó el sombrero por un momento y limpió el sudor de su frente con un pañuelo de hilo blanco que había sacado del bolsillo. Miró hacia sus espaldas y contempló el último rayo de sol desaparecer del horizonte de Kingston. Entonces, volvió a girar la vista y se sumergió ya en la densa oscuridad de Wareikah, solo rota por los fogonazos de música, las estrellas, las hogueras y esas naves espaciales que uno puede llegar a ver si mira el cielo nocturno durante suficiente tiempo seguido.

 

 

Los tambores reproducían sonidos elementales que se elevaban y se perdían en la inmensidad de la noche caribeña. A ese mismo lugar remoto al que iban a parar los pensamientos, evaporados en grandes nubes de ganja. Desde una distancia prudencial, Coxsone se detuvo a escuchar el trombón de Drummond, la trompeta de Johnny Moore y el saxofón de Roland Alphonso conducidos por los redobles de Lloyd Knibb. No había visto nunca a antes a la mayoría de aquellos músicos, pero enseguida comprendió que se encontraba frente a los hombres que harían de su empresa musical la más célebre de todo el país. Sus instrumentos soltaban ráfagas de notas impregnadas de sal y fuego. Salían escupidas del bronce de los vientos y cortaban la oscuridad como chispazos de luz.

Aquella noche, el alma de Coxsone bailó desnuda bajo los dioses del cielo nocturno. Aunque no lo recuerda, fumó ganja y contagió a los presentes con su risa. No habló ni una palabra con los músicos. Pero desde que llegó a aquel lugar supo que iba a grabar a cada uno de ellos. Escuchó el sonido metálico de los instrumentos y el de esa caja registradora que siempre tenía en la cabeza. Pero bailó y bailó, y ni siquiera recuerda muy bien cómo regreso a casa. Pero aquella noche lo supo. Grabaría aquellos músicos y sería una gran cosa en Jamaica y, con un poco de suerte, en el resto del mundo.

Siempre en la maleta.

Siempre en la maleta.

 

7’’

“Como en aquellos días el dinero era poco, tenías que tocar para todo el mundo: Buster, Beverley’s y Duke Reid, y un poco después vino Coxsone, Randy’s, Lyndon Pottinger, J.J. Johnson, King Edwards. En esa época yo toqué en todos los All Stars. Solía tocar para todos los promotores”

Jah Jerry

Al igual que la inmensa mayoría del legado musical jamaiquino de los 60 y 70, la obra de los Skatalites se imprimió y cortó en vinilo de siete pulgadas. Cromos de una colección infinita de etiquetas, títulos, nombres artísticos y ediciones que, a día de hoy, ya han acabado con la cordura de muchos hombres buenos (también conocidos como “coleccionistas”). Hacer un simple listado de toda la discografía de la banda pinta misión imposible. The Skatalites se prodigaron por todas las casas musicales del momento, ya fuera en su versión instrumental o como acompañantes del vocalista de turno. Algunos de esos discos fueron éxitos, se publicaron en sellos extranjeros y, a día de hoy, forman parte del repertorio más clásico del vastísimo legado musical jamaicano del siglo XX. Otros, solo suenan en casa de unos pocos propietarios (y, con fortuna, en algún vídeo colgado amablemente en youtube) o descansan para siempre en un polvoriento trastero de Kingston, Nueva York o Brighton.

Lo que nos lleva al asunto de la loquísima industria del disco local de principios de los 60, una fábrica frenética de canciones impulsada por la urgencia generalizada a todos los ámbitos de la vida jamaicana, la tacañería de los productores, la excelencia de los músicos, la pasión del público y la competición. En esta merienda de negros imperaba la ley de los productores rápidos y los astutos. Estos fueron los máximos responsables de exprimir hasta límites insospechados la creatividad y el talento de los músicos que en aquellos días poblaban la calle del ritmo jamaiquina. Los artífices del robo de royalties y jugosos números relacionados con la venta de disco y, qué remedio, promotores de una escena que dejó para la historia un cancionero infinito y único.

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En estas condiciones, tengan en cuenta dos cosas a la hora de explorar por su cuenta la galaxia de éxitos que nos dejó la franquicia Skatalite. Primero, que los músicos bajo esta etiqueta nunca fueron los mismos. La formación que grabó cada una de las canciones dependía de la disponibilidad de los músicos y, en último caso, de los deseos (o posibilidades económicas) del productor de turno. En esta página podrán consultar un listado de músicos que pasaron por este equipo durante aquellas maratonianas jornadas de grabación. Entre ellos, merece la pena destacar nombres mayúsculos como los guitarristas Ernest Ranglin y Lynn Taitt, músico de Trinidad que también rechazó capitanear la banda y convirtió el ska en rocksteady; el trompetista Baba Brooks, al que encontrarán capitaneando la banda de estudio de numerosas referencias ska del catálogo de Treasure Isle; Bobby  Ellis, otro maestro de la trompeta que entregó algunas de las mejores instrumentales del rocksteady junto a The Crystalites; Charlie Organaire, el hombre que soplaba la armónica más marchosa de Jamaica y, para qué les voy a contar, otra ristra de nombres absolutamente míticos de esta escena interminable. Tiren de los hilos que dejan colgando esos nombres (y esos enlaces) y sigan por su cuenta el inacabable reguero de referencias maravillosas que nos dejaron los ritmos jamaicanos de la década de los 60.

La segunda cosa que han de tener en cuenta es que la mayoría de músicos que consideramos como The Skatalites estuvieron detrás de canciones firmadas por Roland Alphonso, Johnny Moore y Don Drummond (y muchas de Baba Brooks) entre los años 1963 y 1965. Que un único músico constara en la etiqueta de un vinilo significaba que había comandado la sesión y, en algunos casos, que la composición era suya. Generalmente, los compositores recibían dinero extra y se reservaban el solo principal.

Aportados estos datos comprenderán que, efectivamente, la discografía de esta fugaz banda es un organismo vivo, en constante expansión. Un año largo de trabajo en el estudio que podría llevar toda una vida de búsqueda y escucha. Un universo de referencias que desgranaremos a continuación.

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Grandes Ligas

“Cuando se formó la banda, proporcioné la megafonía, los micrófonos y cualquier cosa que hiciera falta. También el amplificador de guitarra y otro amplificador. Les  ayudaba con el transporte y proporcionaba un lugar para almacenar el equipo y los instrumentos. Tomé parte en la promoción de los primeros conciertos y otras actuaciones para ayudarles a despegar porque me di cuenta de que si estaba grabando a los Skatalites, era bueno hacerles populares en las calles, ¿sabes?”

Coxsone Dodd

Desde que regresó de Nueva York con aquella maleta cargada de discos, Sir Coxsone Dodd nunca dio un paso en falso. Muy al contrario, siempre fue el más listo de la clase. En aquellos comienzos dorados, siempre estuvo un paso por delante del resto de sus enemigos. Prince Buster y Duke Reid le fueron a la zaga cuando la guerra galáctica de los sound systems se trasladó también a los estudios y las tiendas de discos. Pero fue él quien puso la primera torre del gran castillo de la música jamaicana cuando abrió las puertas de Studio One. Las primeras facilidades de grabación profesionales propiedad de un negro en la isla y, durante los años del ska, “universidad de la musicología” y punto de encuentro de lo más granado de aquella generación del 62. La generación de la independencia.

Tal vez con el fordiano esquema empresarial de Berry Gordy Jr. en mente, Coxsone estableció en el 13 de Brentford Road la casa del sonido de la joven Jamaica. Con los Skatalites haciendo de Funk Brothers y The Wailers en las voces, el sencillo Simmer Down arrasó en las listas de ventas del país y el cohete de Studio One despegó. La banda de Tommy McCook puso la música de éxitos de otros artistas como Stranger Cole, Ken Boothe, el jovencísimo Delroy Wilson, The Maytals o Jackie Opel, un barbadiano con una voz que mezclaba el timbre y la tersura de Sam Cooke con la energía de Otis Redding. Sin bromas al respeto. Jackie poseía el talento explosivo de los genios. La asesina Old Rocking Chair, con sorprendente solo de guitarra eléctrica y un Opel desbocado, y el inocente dueto The Vow, con Doreen Shaffer dando la réplica femenina, son solo dos muescas de aquella conexión. Por aportar alguna referencia más a un apartado que merecería un artículo aparte (canciones de los Skatalites como banda de estudio) apunten I am In The Mood For Ska de Lord Tanamo, de la que ya hablamos en la anterior entrega. Por la adaptación de su título, el ritmo de bajo y batería de los Lloyds y la inmediatez de sus solos.

 

Como muestra esta canción (que unos años más tarde Tommy McCook & The Supersonics reinterpretarían en clave de jazz y reggae), la obra que los Skatalites esculpieron entre las paredes de Brentford Road trazó un mapa temático e ideológico del ritmo ska y sus géneros adyacentes. Ahí estaba el jazz en los dejes, la estética, la actitud y, cómo no, en los instrumentos de viento. Además de la energía sincopada y salvaje del R&B de Nueva Orleans y otras ciudades del Sur de Estados Unidos (palpable en canciones como Skandal Ska). También, la inmensa influencia latina. En el manual “Conversions In Jamaican 60’s Music” se listan hasta 14 versiones de canciones que habían sido interpretadas previamente por el maestro Mongo Santamaría. Y, cómo no, todas esas versiones inesperadas, y esas pequeñas y grandes referencias a la cultura popular de la época: como las adaptaciones ska de bandas sonoras de numerosas películas (Third Man Ska) o aquellas canciones tituladas en honor de célebres personajes de la época (Fidel Castro y Christine Keeler). Entiendo que Coxsone Dodd, que reclamaba a su banda temas concretos de cine o de música latina, tuvo cierto peso en estas decisiones artísticas que muestran la riquísima influencia del ritmo ska y su proyección en lo que serán los futuros ritmos de la música jamaicana. El imprescindible “Ska Foundation” (Heartbeat, 1997) recopila con mimo más de dos docenas de muestras de aquellas sagradas escrituras. Y, por recomendar temas menos conocidos de Studio One, apunten alguna joya que atesoro en mi pequeña colección como la trepidante y nostálgica Ska Ba, Brige View (firmada por Roland Alphonso e impresa en la otra cara del vinilo), Ska In Vienna Woods, Scrap Iron

La foto incluida en la portada de este disco es la única conservada que muestra 8 de los 9 skatalites originales. El que falta, Don Drummond, aparece en la fotografía insertada en la izquierda.

La foto incluida en la portada de este disco es la única conservada que muestra 8 de los 9 skatalites originales. El que falta, Don Drummond, aparece en la fotografía insertada en la izquierda.

Por supuesto, la factoría sonora del pirata Duke Reid, Treasure Isle, también publicó un grueso importante del legado skatalite. Para el que esto escribe, basta mencionar el recopilatorio “Jazz Ska Attack”, atribuido a Don Drummond. El disco recopila la mayoría de canciones que me inocularon las terribles fiebres de la enfermedad jamaiquina. Un pozo sin fondo del que dudo mucho que vaya a escapar algún día. Desde Latin Goes Ska -versión histórica de Paquito E Che– hasta Corner Store, Eastern Standard Time o Alipang, todo el repertorio del recopilatorio está lleno de maravillas únicas e irrepetibles. Escuchadas las 18 canciones del tirón, me cuesta emitir un juicio racional al respecto. Hay demasiadas interferencias emocionales y pasionales que me impiden escribir sobre ellas sin terminar hablando de amigos, amores y borracheras.

Pero tengo unas cuantas cosas claras. Hay algo que comparte el sonido de todos estos temas que es irrepetible y mágico. En el Kingston de 1964, las canciones se grababan en estudios rudimentarios de dos pistas, con toda la banda metida en una misma habitación y los promotores metiendo prisa. Si la toma era buena, se archivaba y se pasaba a la siguiente canción. Entonces, los retakes eran una cosa de locos. La canción tenía que salir, desde el principio hasta el final, nota por nota. Y fluir en los solos. Porque si no sale bien, ya no habrá otra oportunidad. “Hay que darlo todo en los solos”, imagino que pensaban los músicos. Y, tal vez, ese funambulismo musical se percibe en las canciones y explica su inmediatez, su vigencia absolutamente perpetua. Y, sin embargo, diría que la clave de ese asunto también hay que buscarla en los estribillos. En eso que se repite y se queda en la cabeza durante horas o días, o toda la vida.

 

Porque creo que la simpleza de esas melodías que los Skatalites ponían sobre sus frenéticos ritmos resume lo que me atrajo de su música por primera vez. Entonces no sabía toda esta historia claro, pero creo que su música ya sonaba a todo eso: al vértigo, a lo rudimentario, a lo alegre y a lo virtuoso. Como muchos otros, un servidor comenzó a darle duro al asunto jamaicano después de descubrir que alguna canción skatalítica de algún grupo europeo tenía su equivalente jamaicano. Su original, quería decir. Y ya saben que “ain’t nothing like the real thing”, que dirían Marvin y Tammi. También, después de descubrir versiones jamaicanas de melodías de sobra conocidas. Como aquella copia de I Should Have Known Better de los Beatles, que los muy tunantes retitularon Independent Anniversary Of Ska. Los vientos que revivieron aquella melodía tan Lennon y McCartney me enseñaron a qué sonaban los estudios de grabación de Jamaica a principios de los años 60. Yo no conocía nada de esta historia, pero todos los elementos estaban ahí. La prisa y el robo. El genio y la magia. El pescado más fresco de la jodida lonja de Kingston.

Justin Yap

Justin Yap

 

Ligas Menores

“Allan ‘Bim Bim’ Scott me dijo que podía conseguir a los Skatalites, que estaban a tope en aquella época. Entonces, me presentó a Roland, Johnny Moore, la banda básica de la época, Knibb y el resto. Ahí también enganchamos a Don Drummond. Bim me llevó en coche al centro (de Kingston) y hablamos con él primero. Cuando regresé, ya tenía una respuesta… ‘¡De acuerdo!’. Admiraba a Don Drummond. Le llamaba ‘maestro’ (sic.). Él tomaba el control, era el jefe, sabía lo que estaba haciendo. Era muy profesional. Así que cuando escuchas mis grabaciones, sabes que él estaba al frente de la banda”.

Justin Yap

 

Justin Yap era joven, vivía en Jamaica, adoraba la música, tenía dinero y estaba dispuesto a invertirlo en algo memorable. Como todo el mundo en la isla, había escuchado a los Skatalites y no sería muy aventurado decir que los admiraba profundamente. Justin Yap era jamaicano, pero también era chino. Conocía el jazz y los negocios. Pero era muy joven, insisto. Solo 20 primaveras en aquel año 1964. Aunque no le faltaba experiencia en el show bussiness. A finales de los 50, había formado junto a su hermano Ivan el estimulante sound system Top Deck, que tenía su sede en la heladería que su familia regentaba en el Barbican District de Kingston. En 1962 había conducido sus primeras grabaciones y, para el año en que los Skatalites dominaron la calle del ritmo, contrató los servicios de la banda para una sesión que resultaría histórica, tanto por lo que allí ocurrió como por los resultados que se obtuvieron.

En noviembre de 1964, Justin y su hermano Duke convocaron al grupo a las instalaciones de Studio One y les agasajaron con comida, alcohol y ganja. Más importante, el promotor pagó a la banda el doble de lo que cobraban en el resto de disqueras y les animó a hacer varias tomas de las canciones, una práctica inédita para la mentalidad ahorradora de los productores jamaicanos de la época. En contraprestación, los músicos convirtieron aquella sesión en una fiesta. Un maratón de 18 horas de grabación que dejaron para los anales algunas de las mejores piezas de jazz caribeño del siglo XX. Entre ellas, cuatro de las composiciones más celebradas de Don Drummond que, como se pueden comprobar por los títulos de sus temas, estaba atravesando su “etapa asiática”: Confucius, Chinatown, la política The Reburial y la superior Smiling, tensa y sentida como pocas (desde su ritmo burru y su complejo estribillo, hasta el gigante solo de trombón que corona la parte final.). Además de estas, The Skatalites registraron otros hitos de su discografía como Ska-Ra-Van y Surftide Seven (ambas, versiones de Duke Ellington), Marcus Junior y la explosiva Ghost Town (You Can’t Sit Down), comandada por el saxo de Roland Alphonso.

 

Esta sesión y otras que tuvieron lugar al año siguiente en Studio One y en las instalaciones de la JBL (Jamaican Broadcasting Corporation) convirtieron los sellos Top Deck y Tuneico -ambos propiedad de Yap- en paradas indispensables para degustar la flor y la nata de la era ska. Gracias a la posibilidad de realizar retakes y a las generosas condiciones, aquellas canciones resultaron únicas. Recopilatorios como “Ska-Ra-Van (Top Deck vol.1)” (publicado por la americana Westside en 1997 a partir de los masters originales) rescataron aquellas obras muestras para el gran público y descubrieron la indiscutible calidad de las grabaciones de la empresa de Yap. Pocas casas discográficas del Kingston de los 60 consiguieron tomas igual de cristalinas y producciones tan lujosas. En ninguna otra parte encontrarán vientos con tanto relieve ni sonidos tan pulcros de batería.

Por estas razones, los ocho recopilatorios de la factoría Yap publicados por Westside resultan un muestrario brutal de lo que en Jamaica ocurrió entre los años 1962 y 1965. Un año después de éste último, Justin hizo las maletas y abandonó la inestable Jamaica por Estados Unidos. Su andadura como promotor musical en esta tierra fue fugaz, como la mayoría de capítulos dorados de la cosa jamaiquina. Pero sus resultados se mantienen como uno de los episodios más talentosos de la inmensa producción discgráfica jamaicana del siglo pasado.

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El capi di tutti li capi

“Era un hermano tranquilo. Cuando venía el estudio solía estar a su rollo, iba a escribir canciones o practicar hasta que la banda estaba lista. Era un hombre que, personalmente, se mantenía apartado. (…) Cuando la banda se formó, solo tocaba en un club que nos pagaba tres veces a la semana, pero no venía todas las noches.”

Lloyd Brevett

“(Don Drummond) Era muy callado, sabes, un hombre callado que estaba realmente metido en el estudio de la música y la composición. Pero era muy… una persona muy callada. Nunca jugaba al fútbol o algo así. Yo jugaba al fútbol. Él tal vez lo veía como un juego demasiado duro.”

Rico Rodríguez, trombonista y alumno de Don Drummond

 

Como los mágicos juegos de cajas que conectan los diferentes universos de Futurama, la aventura espacial de los Skatalites se desarrolló en estratos paralelos de realidad. Es curioso que siendo el ska una música inconfundiblemente festiva, uno de sus instrumentistas más representativos habitara un espacio mental tan alejado de la celebración. La obra del trombonista Don Drummond también fue festiva y furiosa, desde luego. Pero ninguno de sus coetáneos labró un cancionero tan delicado. Tan frágil, sentimental y melancólico como un milenario jarrón de porcelana china que se encuentra en el camino de una estampida de elefantes.

Don Drummond se movió, personal y artísticamente, en el ojo de aquel huracán que fue la era ska. En el punto exacto que separa el frenesí de la calma; una calma sospechosa. Fue un chaval retraído que encontró su lugar en la vida en Alpha Boys School, donde fue reconocido como uno de sus alumnos más virtuosos. Opinión que compartieron grandes del jazz que tuvieron la oportunidad de cruzarse en su camino, como la diva Sarah Vaughan, que lo colocaba entre los cinco mejores trombonistas del mundo. También, el mismísimo Dave Brubeck quien invitó a Drummond a subir al escenario en una actuación en Kingston y paró de tocar cuando el músico jamaicano comenzó a improvisar. Brubeck, impresionado, quería escuchar lo que estaba saliendo de ese trombón.

 

 

Ese mismo instrumento que galopa unos decibelios por encima en las canciones que seguían su batuta. Como en esas estrofas iniciales de Alipang, que acaban convertidas en ecos a lejanas tierras del oriente. Los mismos que entonan otras tantas de sus canciones. Con mención especial para la seminal Further East, una de sus versiones más inspiradas y gema indiscutible del jazz jamaiquino. Sobre un ritmo de los de martillo y cincel, los delicadísimos vientos de esta joya corren en busca de un crescendo que parece no llegar nunca y que, en el mismo momento del clímax, acaba convertido en una fiesta de melancolía y notas suspendidas en el aire. Durante sus 3 minutos largos de metraje, la canción no incluye ningún solo. La sección de vientos comanda la melodía toda la pieza y los sentimientos que describe son difícilmente transmisibles. Se suele recordar que esta maravilla, interpretada en escala de notas menores (uno de los sellos estilísticos de Don Drummond), anticipó el sonido “Far East” de Augustus Pablo, otro genio que se nos fue demasiado pronto. Pero, muchas veces, se olvida recalcar lo impresionante que suena. Tanto como que cualquier melómano cabal sería capaz de escucharla en bucle durante horas y maravillarse con su emoción cada vez.

A Way From It All, grabada en Randy’s, y Ska Town, producida por Prince Buster, también poseen ese sentimiento ‘Far East’, con un Don Drummond deslumbrante en sus respectivos solos. Y si estas canciones instrumentales eran populares entre el público y la figura de Don Drummond tan carismática, quizá fuera por las emociones que servía Don venían crudas. Desde la rabia de Down Beat Alley hasta la alegría de Garden Of Love. Comentaba muchas líneas atrás que un recopilatorio firmado por Drummond me sumó para siempre a la causa ska. Y, desde luego, solo tengo que echar un vistazo a su lista de canciones para recordar qué fue lo que me convenció. Me basta mencionar Musical Storeroom, una canción que lo tiene todo –desde la alegría a la nostalgia comprimidas en sus 2 minutos 21 segundos- y que, para mí, es un gozo permanente. Como las imágenes que utilizaron para rellenar la música del youtube que os mostramos aquí abajo.

 


Mis escasas nociones de técnica musical me obligan a pedir ayuda a un experto para describir las particularidades racionales (que no emocionales) de la música de Don. Joan Alvado, trombonista de la banda catalana Soweto, entregada a la recreación de los sonidos más puros del ska y del rocksteady desde hace 15 años, nos explica algunas de las particularidades para descifrar el estilo de Drummond y reconocer las canciones en las que figuraba como titular:

 “Skatalites tiene un catálogo tan amplio que es difícil hacer generalizaciones. Elementos característicos de las canciones que firma Drummond pueden aparecer en otros temas que no son suyos. A grandes rasgos, sí que podemos destacar que muchas de sus composiciones están interpretadas en tonos menores y que, por lo general, sus canciones suelen ser más dramáticas o menos festivas que el resto de temas de Skatalites. Como ejemplo, son muy característicos sus puentes de blancas, con notas más largas y melódicas, como los de ‘Alipang’, ‘Don De Lion’ y ‘Man In The Street’. En sus canciones, la melodía principal siempre la lleva el trombón, bien porque está mezclado un poco más alto o porque directamente Drummond está tocando la melodía en solitario. Cuando los Skatalites tocan en sección, él siempre echa la frase para atrás y recoge un poquitín más tarde que el resto de vientos. Además, se solía reservar el solo principal en sus canciones, como también hacían Tommy McCook o Roland Alphonso en las suyas”.

Asunto aparte son sus solos, por los que también preguntamos a Alvado. “Personalmente, me tiran más los solos donde Drummond frasea más rápido, como ‘Don Beat Alley’ y ‘Skill & Craft’, de Owen & Leon, que es mi solo favorito de todos los tiempos. Pero lo normal es que sus solos sean más calmados. En la mayoría de sus temas el tempo no es tan rápido y Drummond hace un solo bastante más pausado, aunque juega mucho con la rítmica. Y de estos, destacaría el de ‘JFK Memorial’”.

 

 

Además de su música, muchas cosas se podrían decir de la errante vida personal del trombonista. Tantas, que la periodista Heather Augustyn publicó el pasado año “Don Drummond: The Genius and Tragedy of the World’s Greatest Trombonist”. Un libro al que todavía no le he tenido el gusto, pero que algún día tendré que estudiar con atención. En él, imagino que se mencionarán anécdotas como la del trombón que le regaló Coxsone y que, de alguna forma, mantuvo al músico a merced de los deseos del pérfido productor. O alguna de aquellas actuaciones en las que se largaba antes de recibir siquiera la pasta. O toda su turbulenta relación con la bailarina de mambo Margarita, a la que asesinó a puñaladas en las primeras horas del año 1965. Un evento que conmocionó Jamaica. En este terrible suceso, de todas formas, habría mucha tela que cortar. Desde las prácticas sado masoquistas de la pareja hasta el juicio que envió a Drummond de vuelta al psiquiátrico. Un relato tan siniestro y triste que resulta muy difícil narrar en este cuento de independencia y celebración. Un evento que, como imaginarán, anticipa el fin de la banda de ska más grande de todos los tiempos.

El encarcelamiento del trombonista precipitó la desintegración de los Skatalites unos dieciséis meses después de su formación. La cantidad de tiempo exacta, nadie la sabe. Porque, en esta parte del relato, igual que en el resto, siempre hay más de una versión de la misma historia.

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The End

 “El concierto del primer aniversario de los Skatalites se celebró el 27 de junio de 1965, según Johnny Moore. Su versión está apoyada por un vaso de pinta decorativo con la leyenda ‘Tommy McCook And The Skatalites, 1t Anniversaty, June 27, 1965’. Ese artefacto es la prueba de que la banda duró por lo menos un año. Y su importancia cobra más relevancia cuando se tienen en cuenta las diferentes versiones sobre el último show de los Skatalites. McCook recuerda un baile policial en el Runaway Bay Hotel en agosto de 1965, mientras que Moore y Sterling creen que su última actuación fue en su primer aniversario. Esa diferencia de opiniones se magnifica por el hecho de que, en su disolución, la banda se desmembró violentamente. Ya fuera por la colusión de sus vigorosas personalidades o por el sabotaje de los productores, la ruptura de los Skatalites se precipitó por un evento que captó la atención de toda Jamaica. Queda claro que la banda nunca fue la misma después de que Don Drummond apuñalara a su novia Margarita Mahfood, lo que llevó a su muerte (…) y al encarcelamiento de Don”.

Brian Keyo en las notas de ‘Ska Foundation’

 

La banda de ska más grande de todos los tiempos fue, desde el principio, una empresa destinada a fracasar. Un gigantesco Titanic que en algún momento iba a encontrarse con un iceberg de su tamaño. Si las desavenencias ya habían llegado desde la primera reunión de la banda en el Teatro Odeon de Kingston, uno imagina que, como en tantos otros colectivos de genios (y de egos), había demasiado gallo en aquel corral. Ironías del destino, la disolución de la banda llegó en un momento de cambio en las calles de Kingston. La fiesta de la independencia se iba apagando y unos chicos llamados rude boys, que venían de los barrios pobres de Kingston (y tenían armas), habían decidido poner el país patas arriba. Los estudios de grabación fueron pronto conscientes de esta situación, y el sentir de las calles pronto impregnó la música, que se ralentizó y comenzó a abordar otro tipo de temáticas.

Si el retiro del trombón de Don y, más que probablemente, la cizaña que los capos de la industria sembraron entre sus miembros precipitaron la disolución del grupo, no pudo ocurrir en un momento más idóneo. Ellos, que habían sido poco menos que la columna vertebral del primer ritmo nacional en los estudios y llevaban su nombre impreso en sus propias señas de identidad, debían desaparecer antes que ese mismo ritmo caducara.

Mittoo, Brevett, Alphonso y Moore: The Soul Brothers.

Mittoo, Brevett, Alphonso y Moore: The Soul Brothers.

Como todas las rupturas, esta fue traumática. Pero las fuerzas gravitatorias de Kingston pronto dispusieron los restos del satélite en posición de empezar una nueva era del sonido. Roland Alphonso y Jackie Mittoo se quedaron en Studio One para formar The Soul Brothers que, poco más tarde, acabarían convertidos en The Soul Vendors. Comandados por el todavía adolescente Mittoo, la banda firmaría algunos de los riddims más celebrados de la todo el grueso de la costa jamaicana.

Por su parte, Tommy McCook rechazó la jefatura de la banda de Studio One y, poco más tarde, aceptó la de Treasure Isle, que contaban con flamante estudio de madera construido en la azotea de la licorería del jefe, Duke Reid. McCook continuó su aventura galáctica al mando de los Supersonics quienes, igualmente, tejieron instrumentales absolutamente clásicas del nuevo ritmo rocksteady. Down On Bond Street, con referencia a la dirección postal de la Isla del Tesoro y excelente trabajo de trombón, bastaría para probar esa afirmación.

Pero la del rocksteady es otra historia y ésta necesita un último epílogo.

Burial

“La capilla de la Funeraria Madden está ubicada en el centro de Kingston, en North Street, no lejos del Hospital Jubilee donde Don Drummond había nacido. Fue enterrado a las 9:25 de la mañana el 18 de mayo de 1969 en la tumba número A346 del cementerio de May Pen. En su registro funerario fue listado como ‘católico romano’. La inhumación fue privada, solo para la familia. Músicos como Sonny Bradshaw recaudaron fondos para pagar por el funeral de Drummond porque su madre no podría permitirse el gasto. Sister Ignatius (de Alpha Boy’s School) pagó el entierro. (…) En el cementerio había “unos pocos hombres de seguridad de Denham Town y Central Station… en caso de que ocurriera algún incidente”, según el Daily Gleaner. Esto se hizo para mantener el sentido de decoro de la familia, en un momento en el que las emociones estaban todavía crudas, y esta es probablemente una de las razones de por qué la localización exacta de la tumba de Drummond todavía se desconoce hoy”.

Heather Augustyn, autora de ‘Don Drummond: The Genius And Tragedy Of The World’s Greatest Trombonist’

Don Drummond murió en su celda de Bellevue un triste día de mayo de 1969 por circunstancias que no fueron ni jamás serán aclaradas. Teorías, como versiones de cada capítulo de esta vertiginosa historia ska, las hay para todos los gustos: desde el suicidio hasta el asesinato, pasando por la recurrente “muerte por causas naturales”. Durante el funeral del astro, celebrado el 14 de mayo, el baterista Hugh Malcolm irrumpió entre la multitud y reclamó al sacerdote que detuviera el servicio hasta que se conocieran los resultados de la autopsia. Malcolm aseguró que cuatro empleados de Bellevue podrían haber golpeado a Don hasta matarle. Según la periodista norteamericana Heather Augustyn, “la familia detuvo el servicio para prevenir una revuelta”. Lo que nos da una idea de cómo los sentimientos de los allí presentes se encontraban a flor de piel. Despedían una figura controvertida y extraña, pero única y –por supuesto- suya. Porque, además de pertenecer a su familia, amigos y compañeros de trabajo, Drummond era del pueblo. Salvando las enormes distancias de fondo y de forma, podríamos comparar la marcha de este músico con las de Camarón o Sam Cooke. Mitos barriales que se nos fueron demasiado jóvenes y demasiado únicos. En este caso, sin embargo, la tragedia parece un poco mayor. No solo nos dejaba un solista y un compositor único, sino el mismísimo trombón de una banda que, pese a su exitosa reformación en los 80, ya nunca pudo volver a ser la misma.

Esta pequeña película de los Skatalites tenía muchos principios posibles pero, en mi humilde opinión, un único final. Podríamos haber empezado recorriendo los pasillos de un colegio de monjas, guiados hasta el aula de música por una banda de prodigiosos niños negros. Allí o en la primera reunión del Odeon Theatre. O en ese mismo lugar, unos meses después, durante en una actuación de la banda, mientras una bailarina realiza un salto mortal y un satélite avanza decidido en su perpetuo vuelo por el universo. En el final de una emocionante toma única de Studio One o en una de las interminables tardes de fuego de Wareikah. Había un millón de principios posibles, casi todos ficticios. Pero un solo final, tan irreparable, desolador y real como la muerte de Don Drummond. Por lo que a mí respecta, esta aventura de cosmonautas, jazz, ska, años 60, Kingston y algunos de los títulos de canciones más molones de todos los tiempos acabó para siempre aquel luctuoso día de mayo de 1969.

El retorno de las grandes pistolas. Circa 1984.

El retorno de las grandes pistolas. Circa 1984.

 

El principio de la década de los 80 volvió a ver lo que en otros tiempos se pensó un imposible, Tommy McCook y Roland Alphonso compartiendo el mismo escenario y, de nuevo, un mismo nombre artístico: The Skatalites. Y los que quedan siguen en eso. El que queda, mejor dicho. El gran Lester Sterling, que estuvo con la banda en España el pasado abril y estará el próximo 25 de julio en el Iboga Festival de Cullera (Valencia). Por si no habían echado las cuentas, esta revisión de aquella fenomenal conjunción de genios anda celebrando su 50 aniversario por los escenarios de medio mundo. 

Y las canciones de la banda original se vitorearán por la multitud en esas citas o en cualquier fiesta en las que suenen sus discos. Porque los grandes clásicos de los Skatalites también lo son de las instrumentales coreables por una multitud. Como hooligans que recitan de memoria los cánticos de ánimo a su equipo, muchos aficionados a lo jamaicana corean viejas tunes skatalíticas. Lololololoro. Y, seguramente, eso no tenga nada que ver con cómo las genuinas fiestas se vivieron en su día. Pero sucede porque esas melodías -una vez que entran en tu cuerpo- ya no vuelven a salir nunca y, cuando las escuchas, quieres formar parte de ellas. Seguramente sea hasta blasfemo. Hacer loroloroloroló con canciones de los Skatalites. Pero confieso que yo he mismo lo he hecho y he escuchado un bar rugir a mi lado. Solo sonaba un viejo disco del año 1964 y la muchachada se puso a cantar una letra que no existía. Y les puedo asegurar que es algo muy emocionante.

 

Los jamaicanos iban tan aprisa que, con su industria musical recién estrenada, iban a llevar el jazz hasta galaxias desconocidas. Por su espontaneidad, emoción, pegada, singularidad y atemporalidad, las grabaciones de los Skatalites deben ocupar un lugar privilegiado en la historia de ese género seminal que nació del blues. Al lado de otros hitos interestelares como las grabaciones de Louis Armstrong con sus Hot Five y Hot Seven o las cuatro caras que la banda de Count Bassie grabó camino de su debut en Nueva York. Al fin y al cabo, ellos convirtieron el Kingston de principios de los 60 en el efervescente Harlem de los 40. Un lugar donde cualquier cosa podía suceder en directo o en el estudio y donde las conjunciones de astros eran pura rutina.

Los jamaicanos seguirán corriendo muy, muy deprisa en Crypta en la siguiente entrega, que el autor espera no se demore tanto como esta. En la isla del tesoro, inmediatamente después del jazz, desembarcó la era del soul. Curtis Mayfiel cantó “people get ready” y toda Jamaica respondió “rocksteady”. No se lo pierdan.