El standard Solitude de Duke Ellington (1934)

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JAZZ VOYAGES VIII
OG Standard’s: Solitude de Duke Ellington (1934)

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Repasamos el standard Solitude compuesto por Duke Ellington, antes de la review del disco que le vincula a The Quintet y que algunos ya sabréis. Con esto, nos despedimos en esta (sub)sección de Duke Ellington durante tiempo indefinido, para poder dejar paso a nuevos artistas que protagonizarán nuestros futuros garbeos jazzísticos.

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ORIGINAL DE 1934, DUKE ELLINGTON

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Veinte minutos en la vida de un genio dan para mucho. Dan para mucho más que veinte años en la vida de algunos compositores y músicos, bien sea por falta de creatividad o por la comodidad de los fans sin inquietudes que aseguran un mínimo de negocio.

Corría el año 1934, hacía unos años que Duke abandonó el Cotton Club, y aún estaba reciente en la memoria su primera gira por Europa realizada un año antes, en el ’33. El Duque y su banda estaban en Chicago, en uno de los numerosos estudios que Victor Records tenía repartidos por el país, cumpliendo con alguna de las grabaciones que Irving Mills le había gestionado para que no cesara su actividad tras las emisiones del Cotton.

Eso permitiría a Duke mantener sus composiciones, por ende, su orquesta (si no sabes a qué me refiero, es que te fumaste la segunda parte de su historia). Esta serie de contratos y compromisos exigió a Duke un alto ritmo de composición y grabación. Hoy estaba con su orquesta en Chicago, pero perfectamente esa misma noche tendría que empacar, coger el autobús, y cruzar medio país para ir a Nueva York y cumplir con otra grabación que ya estaba previamente programada.

Aunque por lo que he investigado no fue el caso del standard que nos ocupa, ejemplifica a la perfección un ritmo de vida (y creación) en el que si esperabas que las musas entraran semidesnudas por la ventana para posarse ligeramente en la tapa de tu Steinway y susurrarte preciosas composiciones, seguramente acabarías siendo un saco de huesos muerto de hambre.

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Ya tenían tres cortes, y necesitaban un cuarto. La banda se dio un descanso, y Duke apoyó su espalda en el cristal de la pecera del estudio, y aquellas notas empezaron a volar por su mente. Veinte minutos después, de aquella breve soledad, en una hoja estaban ya escritas las notas para Cootie Williams, que ocuparía gran parte de la canción.

Esta composición, bien fuera por propia decisión de Duke, o fuera por el escaso tiempo en que se compuso, se aleja un poco de las complejas composiciones del pianista dónde la melodía se modulaba y deformaba casi constantemente. La mayor simpleza de esta composición permitía a los letristas fantasear con poder transmitir esa soledad, por lo que tiempo después, Irving Mills, y un empleado suyo que se encargaba de gestionar otras orquestas y músicos llamado Eddie De Lange, compusieron una letra para la canción.

Una de las primeras vocalistas en interpretarla fue Ivie Anderson, colaboradora habitual de Ellington, aunque Duke versionó esta canción en numerosas ocasiones, ya fuera con letra, sin ella, con orquesta, en solitario o a trío. Una de las más curiosas, quizá por lo inusual de esta formación en la música de Duke, fue la grabada a cuatro voces (J. Sherrill, K. Davis, Al Hibbler y Mercer Ellington) en mayo de 1945.

In my solitude you haunt me

With reveries of days gone by

In my solitude you taunt me

With memories that never die

I sit in my chair

Filled with despair

Nobody could be so sad

With gloom ev’rywhere

I sit and I stare

I know that I’ll soon go mad

In my solitude

I’m praying

Dear Lord above

Send back my love

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VERSIÓN DE BILLIE HOLIDAY EN 1952

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Aunque Solitude haya sido versionada por infinidad de músicos entre los que destacan John Coltrane, Thelonious Monk, Benny Goodman, Sonny Rollins, Louis Armstrong, o incluso profundos conocedores de la música del Duque como su saxofonista Johnny Hodges, no hay mejor voz (y vida) que la de Billie Holiday para retransmitir ese dolor y angustia de la soledad.

Ya profundizaremos en la vida de Lady Day, pseudónimo con el que también se conocía Billie (todo llegará) pero en resumidas cuentas la violencia, el acohol, el jazz, la incertidumbre, los clubes, el caballo, y la solitude, estuvieron muy presentes en su vida. No es la misma versión lírica, tiene una ligera modificación, pero entonces no sería tan personal como lo es la voz y el sentimiento de Billie Holiday.

Esta versión de Solitude ejemplifica perfectamente su vida. Lejos queda su voz nítida y dulce de I Hear Music o St. Louis Blues. La existencia había modulado (¿alguien se atrevería a decir que deteriorado?) la voz de Eleanora (ese era su nombre de pila), pero no solo eso, su joven rostro lleno de paz incuestionable se tornaba hacia el rostro de alguien que está en paz, porque sabe que la guerra y el sufrimiento no cesan.

En la versión, recogida en un disco de mismo nombre publicado en 1952 por Verve Recordings, le acompañan un tierno Oscar Peterson al piano, y Charlie Savers a la trompeta, que complementa a la perfección el timbre roto de Billie. El resto que pueda decir un servidor sobra, cuando puedes escuchar su voz.