Jazz Voyages I: Grafton, poema sinfónico de marfil y oro

 Derivado de la review de The Quintet – “Jazz At Massey Hall”

No se sabe bien si antes de montar en el avión o al llegar a Toronto, Charlie Parker empeñó su saxofón King Super-20 para pillar caballo. Así son los genios, así es el jazz. Parker tenía un contrato de exclusividad con su fabricante de saxofones que le impedía tocar con otras marcas en territorio estadounidense, pero no matizaba nada referente al tocar en el extranjero. Aquella noche, aparte de todo lo acontecido en la comentada review, un comercial de una empresa llamada Grafton tuvo una oportunidad de oro (y marfil) y le colocó a Bird el Grafton nº 10265.

El Grafton 10265 que tocó Charlie “Chan” en el Massey Hall, junto a su funda

Ettore Sommaruga

Ettore Sommaruga nació en Milán en 1904 (1985 – Francia). Su padre tocaba la mandolina por placer, y le enseñó a tocarla cuando él tenía cuatro años. Por su cuenta, Ettore aprendió años más tarde a tocar la guitarra, hasta que a los doce entró en la Scuola Popolare di Musica de Milçan dónde se graduó en flauta. Cuando Mussolini fue nombrado Primer Ministro, Ettore tenía 18 años, y huyendo de la situación política del país marchó a París. Tras divagar por varios trabajos, acabó con un puesto en una fábrica de instrumentos musicales, dónde también tenían un servicio de reparación. En aquel taller, entre un foco de luz fija, piezas sueltas, instrumentos rotos y herramientas, empezó el amor entre Ettore y los saxofones. Ettore aprendió a tocar el saxofón asesorado por un conocido que formaba parte de una banda militar, hasta que la aparición de los saxofones dorados le hizo emigrar a Londres. Los saxofones plateados de latón quedaron prácticamente en desuso, por lo que la producción del instrumento se volcó, bien en el nuevo modelo dorado, bien en la adaptación de piezas antiguas, lo que suponía desmontar el saxofón, volver a montarlo, y ponerlo a punto. Ettore siguió desempeñando esta función en su taller habitual de París, hasta que por propuesta de Geoffrey Hawkes (director de la fábrica Hawkes & Son) tuvo que viajar en 1926 a Reino Unido para instruir en la materia a jóvenes artesanos del país. Con su viaje a Londres, aparte de hacerse hincha del Fullham, Ettore adaptó su nombre a Hector, como se le conocería desde entonces. El encargado de acoger a Hector durante su estancia en el país bretón fue John Pausey, manager de la fábrica de saxofones Hawkes & Son. Pausey, aparte de introducir a Hector en la pasión por el Fullham, comenzó a darle oportunidades de tocar en directo en París. John tenía allí varios negocios musicales, y Hector viajaba frecuentemente para ver viejos amigos, por lo que ambos salían ganando. No obstante, su mayor influencia musical fue el oboísta y bandleader Van Phillips, quién le instruyó en la música jazz, dándole la oportunidad de tocar el saxo alto en una banda. En uno de sus viajes a París, cansado del trabajo duro en el taller, Hector decidió dar un vuelco a su vida y dedicarse enteramente a su carrera como saxofonista, pasando a ser músico de directo para una sala rusa (dónde su banda era conocida como Her Old Darlings) y teniendo como mayor medalla la participación en el famoso cabaret parisino Le Lido. Aunque Sommaruga parece que era una persona muy sociable, no acabó de congeniar del todo con el público vicioso de los nightclubs, por lo que tiempo después viajó a Estoril y montó su primera tienda especializada en instrumentos y discos de jazz. Fracasó, los portugueses atravesaban una situación de pobreza que impedía sacarle rentabilidad alguna al negocio por lo que tuvo que echar el cierre. Entre eso y la Guerra Civil española, Hector decidió abandonar la Península Ibérica para volver a Reino Unido. En su vuelta, desconectó temporalmente de la música como profesional para retomar el lugar de acogida que su mujer había montado tiempo atrás, y que volvió a ganar interés para ésta tras la gran cantidad de niños que necesitaban un hogar al acabar la Segunda Guerra Mundial. Tras pasar tres meses encerrado en un centro para extranjeros enemigos en la Isla de Man (aún conservaba su nacionalidad italiana), y participar temporalmente en un proyecto de elaboración de elementos quirúrgicos en Croydon, decidió aprovechar estos últimos conocimientos para montarse con un socio en la fabricación de aparatos quirúrgicos. La calle elegida para montar el negocio se encontraba en Tottenham Court Road, y se llamaba Grafton Way. Este negocio tampoco tiró y su matrimonio se vino abajo, pero apareció de nuevo la figura de su amigo John Pausey. Este le propuso retomar el negocio de la reparación, enfocándolo principalmente a los instrumentos de las fuerzas armadas. Las secuelas de la guerra, y la escasez de fabricación e importación de instrumentos les habría abierto un nuevo nicho de mercado por explorar . Por fin un negocio propio de Hector salió adelante, aunque fuera entre miseria, hambre, medidas proteccionistas y bombardeos al centro de Londres. Tal fue el éxito del negocio que los hermanos Ben y Lew, dueños por aquel entonces de la industrias francesa Selmer Limited, le propusieron la distribución de los instrumentos de Selmer en Gran Bretaña. Aunque era una oportunidad de oro para afianzar su nuevo negocio y dar un paso adelante, Hector no aceptó porque prefería la independencia, y se mudó a un local más grande que había calle arriba. Este sería el local definitivo dónde nacerían los saxofones Grafton.

Grafton

Como supongo habréis deducido, el nombre de la marca viene de la calle dónde Hector tenía su tienda. Trabajando sobre esa misma idea de ajustarse al nivel económico de la población europea tras la Segunda Guerra Mundial, Hector pensó que podría producir unos saxofones considerablemente más baratos que los metálicos cambiando el material y usando plástico para su fabricación. El primer prototipo es de 1946, y alguno más hubo por el camino hasta que en Julio de 1948 dieron con la tecla para que, por una parte el sonido fuese lo más fidedigno posible al que volaba desde las campanas de los saxofones convencionales, y por otra, el modelo tuviera un mínimo de resistencia y operativa que no convirtiera su producto en uno de gama inferior. Este proceso fue bastante complicado, realizar un saxofón de plástico no era tan sencillo como hacer un molde de la misma forma, rellenarlo de plástico, insertar el resto de elementos y a sonar. Las modificaciones con respecto al modelo de metal van desde el cuerpo y la campana (la cual se tuvo que desarrollar en dos piezas) hasta el mecanismo de llaves pasando por la lengüeta, y sufrieron distintas variaciones durante todo el proceso de desarrollo del instrumento. Como anécdota sobre el proceso de fabricación de los Grafton, la empresa DC La Rue encargada de la fabricación de las piezas, no había realizado hasta entonces una inyección de plástico en un molde tan grande, pasando así el Grafton, también, a la historia de la industria. Aunque el ya mencionado Geoffrey Hawkes de Hawkes & Son estuvo interesado en financiar el proyecto, finalmente se echó para atrás creyendo que nunca conseguiría el visto bueno del resto del equipo directivo, por lo que fue la empresa John E. Dallas & Sons Limited los que se encargaron de poner la pasta hasta que la producción comercial empezara. En 1950 los saxos Grafton salieron a la venta con un precio de 55 guineas (moneda en curso en Reino Unido por aquél entonces), lo que al cambio vendrían a ser 58£. El precio final del producto era aproximadamente la mitad que el de un saxo normal, por lo que el objetivo estaba cumplido, y aunque adoptó el nombre de la calle dónde surgió la idea, se comenzó a producir en la fábrica de Bexleyheath, que ahora es un hotel de lujo. 

Entre los músicos que incorporaron los saxofones Grafton a su repertorio de instrumentos, podríamos distinguir principalmente dos secciones que en cierta parte van acordes al posicionamiento del producto en el mercado.  Por una parte, tenemos los músicos británicos, es decir, el público objetivo original del producto (no olvidemos que aparte de música esto es business). Entre ellos destacan Harry Hayes, quién tras quedar perplejo ante el nuevo estilo de Bird, fue fundamental en el desarrollo del be-bop en Reino Unido; el multi-instrumentista londinense y recurrente músico multiuso de estudio Ronnie Chamberlain;  la líder de una de las primeras bandas de swing formada exclusivamente por mujeres, Ivy Benson; pero sin duda el mayor exponente británico de la marca Grafton fue John Dankworth. Imaginad hasta que punto Dankworth sentía especial predilección por los acrílicos, que  la propia marca le realizó un par de modelos exclusivos. No obstante, el responsable de que los Grafton se asentaran con relativa importancia en Estados Unidos, aparte de la compañía Gretsch que fueron quienes gestionaron su venta en América, fue el compositor, músico, bandleader, actor y showman en general, Rudy Vallée, que parece ser el responsable de la exportación (o importación, según se mire) del producto. Aparte de Rudy, los músicos con más renombre que tocaron Grafton en Estados Unidos fueron dos: Charlie Parker, que lo tocó de forma eventual y siempre coaccionado por la exclusividad de su contrato; y Ornette Coleman, quién a pesar de no estar del todo contento con su sistema de clavijas, fue conocido durante una época cómo the man with the plastic horn.

Ornette Coleman

Charlie Parker

Durante los 10 años que duró la producción de saxofones Grafton (hasta 1960) se fabricaron alrededor de 3000 saxofones acrílicos. Varias teorías intentan explicar por qué dejaron de fabricarse, desde la fragilidad del material que lo hacía menos resistente (una de las más lógicas en cierta parte), hasta la teoría de que como el modelo tenor no era viable producirlo (como demostró el prototipo), los directores de orquesta no querían que uno de sus saxofonistas destacara visualmente sobre el otro puesto que eso parecía ponerle en una posición superior, cuando su importancia en la composición de la orquesta era la misma.  Existe incluso una teoría conspirativa que afirma que los comerciantes estadounidenses, tras expandirse la marca hacía las américas, boicotearon el producto en su país temerosos de que este nuevo modelo de saxofón les arrebatara los beneficios que ingresaban gracias a la comercialización del modelo convencional. Parece que incluso llegaron a manipular el modelo que Ornette Coleman tenía preparado para un directo, y este se desmontó durante la actuación poniendo la imagen de Grafton por los suelos (literalmente). Lo que es indudable, es que seguramente si Hector, padre creador del instrumento, no se hubiera apartado de la dirección del producto en 1953 (cuando apenas llevaba 3 años en el mercado) seguramente el final del modelo no sería el mismo (el de la marca si, pues murió al abandonar Hector el proyecto). Décadas después de la producción del último Grafton, Hector reconoció, cuando su vida giraba en torno a un pequeño motel que regentaba en París, y a la construcción de chalets de madera, que el error seguramente fue haber tratado de minimizar costes en vez de centrarse en su idea principal que era producir un saxofón de calidad a un coste asequible. Aún así, en 1967 hubo un primer, y prácticamente único, intento por resucitarlo. Aunque en los inicios del instrumento fue uno más de los detractores del modelo acrílico, el músico y profesor Alan Lucas retomó la producción en Septiembre de 1967 cuando entró a formar parte de John Dallas como Director de Producción. Aunque la producción de Grafton estaba parada desde hace varios años, quedaban aún parte de las piezas y el utillaje con que se fabricaban los saxofones en la década anterior. Alan aprovechó esto para realizar una nueva tanda de saxofones, siendo tal su empeño por conservar el legado del modelo que guardó todo lo relacionado con la producción del instrumento por si en un futuro hicieran falta. El final definitivo e irrevocable de los saxos Grafton vino año después, cuando tras haber sido ubicado en otro puesto, Alan volvió a dirigir la producción. Cuando fue a buscar aquellas herramientas que habían concebido el saxofón de marfil y oro, ya no estaban allí. El anterior equipo directivo había optado por ponerlas a la venta como chatarra, imposibilitando por completo que se pudiera retomar la producción del instrumento.

Como todo producto, se debe valorar según su éxito de comercialización, por lo que podríamos decir que los saxofones Grafton fueron un fracaso. Si los datos son ciertos, el último Grafton numerado es el 13082Puede que no cumpliera las expectativas de la idea, o puede que no congeniara con los artistas en la forma en que era necesario, pero lo que es indudable es que Grafton fue una forma más de desafiar lo establecido buscando adaptarse a las necesidades económicas de los artistas. Quizá no era el momento para esa idea y un par de décadas más tarde, con tecnologías y métodos de producción más avanzados, hubiera sido un éxito rotundo. Tampoco importa, con éxito o sin él, el saxofón Grafton ha sido la base para el desarrollo actual de saxofones de plástico destinados a jóvenes aprendices, además con una gama de colores que roza lo inimaginable. Seguramente haya alguna adolescente snob en Manhattan que quiera empezar a aprender a tocar, y pida un saxofón verde pistacho para que vaya a juego con sus Vans, o sus Nikes, o su ropa Yves Saint Laurent. En el mundo en qué vivimos, seguramente habrá unos padres dispuestos a pagar su fabricación exclusiva para que su hija no tenga un trauma y así evitar que se acabe suicidando por no haber tenido una combinación de colores con menos de un 10% de margen en la pigmentación. En el mundo en el que vivimos, el simple hecho de que el Grafton sea estéticamente más elegante lo podría poner un 10% por encima del precio de saxofón de metal. En el mundo en qué vivimos, el American Jazz Museum de Kansas (ciudad nativa de Charlie Parker) compra aquél Grafton 10265 por una cantidad que ronda las 100.000£, aunque en su día costara 50£. En el mundo en qué vivimos, puedes hacerte con un Grafton por 4500$, y puedes pagar más de diez veces el coste de una pieza por la exclusividad y escasez del producto. Pero aquél era otro mundo. Era un mundo de ratas, de putrefacción, de vacíos en el estómago que se hacían más grandes día tras día. De calles desoladas, destruidas, cuyo único sonido en muchas ocasiones era el eco mental de una bomba destruyendo un bloque de la clase trabajadora industrial. Aquellas eran calles silenciadas por la guerra, a las que un italiano que huía del fascismo quiso poner música tratando de acercar la creación a la gente. Tratando de abaratar los costes a aquel músico que dormía en un centro social del que debía salir a las ocho de la mañana, y al que podía volver a las ocho de la noche. De aquel músico que nunca tocaría en el Massey, ni en el Carnegie Hall. Paradójico pero, ¿qué hay más jazz que eso?.

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PD: Uno de los motivos por los que hice, hago, y haré referencia a todo lo que cuente sobre jazz siempre como “mitología”, es porque las versiones y acontecimientos normalmente no están claros, llegando incluso a contradecirse. Como adición o complemento de este artículo, y cómo buscador de la verdad aunque en la mayoría de casos no exista, debo notificar informaciones adicionales a las relacionadas en este artículo. He leído declaraciones del músico y fabricante de lengüetas Arnold Ross Brillhart, de que en la década de los ’40 Charlie Parker ya tocaba con un Grafton con una lengüeta de su marca que él mismo le regaló, ¿cómo es posible si se empezaron a comercializar en los ’50?. También he leído que Bird no tocó por primera vez un Grafton en el Massey Hall, si no que hubo varias emisiones de radio dónde según declaraciones de algún locutor no identificado, Bird ya ponía a volar las notas desde su acrílico. Esta información está desarollada hasta el punto de que la fuente busca cómo consiguió Parker el saxo basándose en unas declaraciones de Leonard Feather Bird, que dijo que era un regalo de un amigo inglés en 1950. No obstante, la fuente no ha podido comprobar si Bird alguna vez pasó por Londres, llegando a elaborar una hipótesis sobre el cómo adquirió el saxofón. La única opción que encuentra es que, en escala en el aeropuerto de Londres, tuvo tiempo suficiente para llegar a la tienda más cercana, que casualmente era The Saxophone Shop regentada por John Pausey, quién le vendió el Grafton 10265.